Francia : el gallo gálico canta contra Merkozy
Hugo Moreno · Antoni Domènech · G. Buster

Las
elecciones presidenciales francesas tienen una gran
importancia, y no sólo para Francia. En ellas se
dirime también la quiebra o la continuidad del
nefasto eje franco-alemán de Merkozy, que está
imponiendo al conjunto de la UE una suicida política
procíclica de consolidación fiscal, en plena
inmersión del continente en una segunda recesión.
Lo primero que merece destacarse de la primera
vuelta del 22 de abril es el elevado índice de
participación: cerca de un 80%, holgadamente
superior al comúnmente pronosticado. Se diría que el
electorado francés ha entendido la gravedad política
del momento, para Francia, no menos que para el
conjunto de la UE.
Los vanílocuos delirios de parvenu de un presidente
que se creyó Rey han recibido un correctivo
importante: Sarkozy apenas recogió un 27,2% del
sufragio, contra un 28,8% del candidato que ahora va
en cabeza, el socialista Hollande. Caso inédito en
la historia de la V República: no hay precedentes de
un presidente en el cargo que obtenga en la primera
vuelta menos votos que su principal contrincante.
Aun así, la diferencia de 1,45 puntos que le ha
sacado Hollande son menos de lo pronosticado, habida
cuenta del descrédito generalizado en que ha venido
a parar el frenesí zascandilesco de la presidencia
del marido de la señora Bruni y meritorio de la
señora Merkel.
El Frente Nacional, partido abiertamente xenófobo y
racista, heredero de la derecha fascista, se coloca
en tercera posición, rebasando sorprendentemente el
17% del sufragio y quedando muy por delante de la
gran revelación de estas elecciones, el sólido
candidato del Frente de la Izquierda, el socialista
de izquierda Mélenchon, que ha tenido que
conformarse con algo más de un 11%. El FN se ha
presentado como un partido antisistema, casi como el
partido del cuarto estado, enemigo de la banca y de
la gran empresa plutocrática, y como el gran
defensor de la soberanía nacional en una República
convertida por la UE en mera gestora de intereses
timocráticos: ha recogido elvoto de la mayoría de
jóvenes entre 18 y 24 años. De poco o nada le ha
servido a Sarkozy esconder vergonzantemente a Merkel
(que se ofreció a ayudarle en campaña) y escorar
espectacularmente su campaña hacia los peores
tópicos de la extrema derecha y vestir al maniqueo
(al inmigrante) con traje prêt à porter de
apresurada confección. La presidencia erráticamente
neoliberal y rendida a Berlín de Sarkozy ha
desbaratado políticamente al centroderecha
republicano francés gaullista –de ascendecncia
netamente antifascista—, regalando de barato a la
derecha neovichysta del FN la bandera de la defensa
de la soberanía nacional –"la excepción francesa"— y
de los intereses de un menu peuple aterrorizado por
la crisis del "sistema" y por la espuria gestión de
los políticos del "sistema". Et pour faire la bonne
mésure, la campaña de Sarkozy ha contribuido a
legitimar y a hacer "respetables" ante el grueso del
propio electorado las botaratadas xenofóbicas
lepenianas.
Hollande no nació ayer. Su cargado pedigree es, en
efecto, el de un político del "sistema" donde los
haya (un Blair, un Schröder, un González o un
Zapatero cualquiera), corresponsable como el que más
de la ignara deriva neoliberal del socialismo y del
necio diseño institucional de la UE que ahora nos ha
puesto a todos al borde del precipicio. Pero ante la
catástrofe económica y política en ciernes, ha
tenido o reflejos o picardía o lucidez bastantes
como para desmarcarse tajantemente del rumbo suicida
–para la UE y para la República francesa—
merkozyano. Ni siquiera se ha privado de lanzar
proclamas "populistas" tan certeras como campanudas:
"la banca es el enemigo". Para ganar en la segunda
vuelta, el 6 de mayo, tendrá que contar con una
amplia alianza. Es harto probable que discurra en su
favor, por los motivos que luego veremos. Por lo
pronto, cuenta con el voto seguro de los votantes de
Jean-Luc Mélenchon – el Frente de Izquierda, que
reagrupa al PCF, al Partido de Izquierda y a la
Izquierda Unitaria— y de otras fuerzas menores, más
o menos grupusculares, como los Verdes de la señora
Joly y acaso también de dos partiditos de la extrema
izquierda postrotskista.
El
espléndido Mélenchon logró reunir masas enormes en
sus mítines, superiores en número a cualquier otra
movilización. Arrancó con una modestísima estimación
de voto en torno al 3%, pero la consistencia
ideológica, la solvencia política y la deslumbrante
oratoria de su brillante campaña de político culto a
la vieja usanza hizo esperar a muchos que, al final,
rebasaría incluso al FN y se colocaría
inopinadamente como tercera fuerza política. No ha
sido así. En todo caso, está fuera de duda que la
dinámica de la campaña Mélanchon ha contribuido a
clarificar, a ilustrar y a radicalizar (en la buena
dirección) posiciones. Su decidido internacionalismo
–en su mítin del pasado 14 de abril en Marsella se
acordó de la II República española y su auditorio,
decenas de miles de personas, respondió con un
unánime y emocionante "¡No pasarán!":
http://m.youtube.com/watch?v=k0hgdca1RzU— ha sido
también un soplo de aire fresco en unas elecciones
demasiado monopolizadas por las cuitas del Hexágono
El centrista democristiano François Bayrou, obtiene
8,8 %; los Verdes Ecologistas de Eva Joly, 2,3 %.
Por último, la extrema izquierda, el NPA (Nuevo
Partido Anticapitalista, una especie de trotstkismo
postmoderno procedente de la LCR), que logró apenas
un 1,2 %, y Lutte Ouvrière, otra corriente
trotstkista más tradicional, con un 0,6 %, cosechan
lo que acaso merece un sectarismo miopemente cocido
en su propio jugo: la insignificancia política.
La primera vuelta de las elecciones presidenciales
admite dos lecturas, una francesa y otra europea. La
europea es francamente interesante: la probabilidad
de victoria de Hollande en la segunda vuelta es muy
alta, lo que traerá consigo la quiebra del
asfixiante "grillete Merkozy", ese suicida dogal
fiscal que está destruyendo a la Unión Europea: no
es improbable que la victoria de Hollande el 6 de
mayo sea celebrada (a hurtadillas) en los gabinetes
de Madrid, Roma y Lisboa tanto o más que en las
calles de París.
La lectura estrictamente francesa es algo menos
esperanzadora. Hollande sólo le ha sacado 1,45
puntos a un desprestigiadísmo Sarkozy. Y el conjunto
de la derecha (Sarkozy, Le Pen, Bayrou y el
pintoresco Nicolas Dupont-Aignan suman cerca de un
56%) se ha impuesto electoralmente en la primera
vuelta al conjunto de la izquierda (Hollande,
Mélenchon, Verdes y las extremas izquierdas suman en
torno a un 43,76%). En lo que hace a la segunda
vuelta del 6 de mayo, se puede conjeturar que buena
parte de los electores centristas de Bayrou,
horrorizados con las piruetas extremistas de la
campaña de Sarkozy, votarán a Hollande. Y Le Pen no
llamará a votar en la segunda vuelta por Sarkozy.
Sabe que la presidencia de Merkozy ha devastado al
centroderecha republicano laico gaullista, de
ascendencia antifascista. Marine Le Pen es una
política joven (42 años), inteligente y ambiciosa, y
aspira visiblemente a culminar la tarea destructora
de Sarkozy, para convertirse ella en la jefa de la
oposición al "sistema" y a Hollande, y construir a
medio plazo una nueva derecha, más que fascista (al
estilo de su padre), postantifascista. En esos
cálculos probables, pero poco gloriosos y no
demasiado esperanzadores por ahora, se fundan las
posibilidades de victoria de Hollande en la segunda
vuelta.
Hugo Moreno (París), Antoni Domènech (Barcelona) y
Gustavo Búster (Madrid) son miembros del Comité de
Redacción de SinPermiso.
23/04/12