Rafael Rigo - Entrevista

Memoria Civil, núm. 29, Baleares, 20 julio 1986

Llorenç Capellà

Primer Presidente de UGT - Baleares

Apenas iniciada la entrevista Rafael Rigo, un socialista nacido en Alaró, me impuso la condición de que fuera escrita a los lectores en castellano -pese a que la realizamos en mallorquín, su idioma y el mío- alegando, como toda excusa, el aumento en Les Illes de la inmigración castellanoparlante.

Hecho este preámbulo, obligatorio por romper la norma lingüística de esta sección, diré que el entrevistador queda sorprendido por la enorme vitalidad de este hombre que está rondando los noventa años. En sus labios el pasado del movimiento obrero o su peripecia personal en tiempos de la guerra, se convierten en una historia de abuelo: esquematiza algunos hechos, vacila en el momento de recordar algunos nombres. Pese a ello no deja ninguna pregunta sin respuesta y contempla, con orgullo, su nombre escrito ya en la historia.

- A juzgar por su trayectoria sindical, señor Rigo, he de suponer que usted proviene de familia obrera

- Pues no es así, exactamente, Mi madre pertenecía a una de las famiulias más ricas de Alaró y mi padre, que empezó trabajando de gañán en una de las fincas de mi abuelo, acabó montando un negocio de diligencias. Sin embargo, ni la una ni el otro sabían leer ni escribir. Mi abuelo despreciaba las letras.

- ¿Y sus padres?

- A consecuencia de un parto mi madre perdió la cabeza. En una noche de enajenación arrancó o destrozó cuarenta naranjos. No puedo juzgarla. En cambio mi padre sentía un gran respeto por todo aquello que fuera cultura y un gran interés por el socialismo. Compraba El Obrero Balear y El Socialista y me obligaba a leérlos en voz alta. Pese a que sólo asistí a la escuela hasta los ocho años, siempre me preocupé por mejorar mis conocimientos primarios.

- Esto quiere decir que usted fue niño yuntero.

- No tanto. Fui aprendiz de zapartero y luego, ya instalado en Palma, albañil. Por aquellos años no tenía otro deseo que el de conocer a Llorenç Bisbal. El era un personaje y su nombre siempre estaba en boca de los trabajadores.

-¿Y le conocistéis?

- Pues se lo diré con exactitud: le conocí el veintidós de noviembre de mil novecientos trece, que fue el día en que entré en el Partido Socialista. No olvidaré jamás la fecha de este encuentro.

-¿Y las palabras de Bisbal? ¿Qué le dijo Bisbal para amarle tanto?

- Me dijo: "Rafael, has de tenir en compte que el Partit Socialista és un partit molt significat i els seus militants s'han de distinguir tant en el treball com en l'ordre moral". El era un hombre de una moral intachable.

- ¿Sabe qué cuanto me dice huele a catecismo?

- Es que el socialismo es una religión.

- Ya. ¿Cuándo entró en la UGT, don Rafael?

- En el año treinta y tres: yo fuí primer Presidente por expreso deseo de Bisbal. Quería gente honrada a su alrededor.

- Por esto le eligió a usted.

- Sí, ¿por qué negarlo?. Se jactaba de conocer las debilidades de cada uno de sus amigos. Sabía que yo no iba a engañarle.

- Pero ¿cuál era su bagaje de experiencias en la lucha sindical?

- Había sido depositario de la Federación de Sociedades Obreras, cuando aún tenían su sede en la calle Ballester. Desde que me trasladé a vivir a Palma estuve ligado al movimiento obrero.

- Entonces se acordará del año veintitres: Ignaci Ferretjans rompe sus relaciones con Bisbal y entra en el Partido Comunista.

- Bueno aquello fue una tormenta en un vaso de agua. Ferretjans era algo presuntuoso. Y muy ambicioso. Había estudiado unos años en un colegio de frailes y se jactaba de que sus conocimientos políticos eran superiores a los de la mayoría.

- Sea por lo que fuere, en aquellos momentos arrinconó a los socialistas en las cuerdas. Por otra parte la hegemonía sindical estaba en manos de la CNT.

- Es posible, pero yo no admitía sus métodos. Ni yo, ni ningún socialista, porque el socialismo basa su estrategia en la tenaz y pacífica imposición de sus postulados. En cambio los anarquistas eran tremendamente intolerantes y partidarios de emplear la violencia para conseguir sus objetivos. El principal personaje de aquel anarquismo mallorquín de los años veinte debió ser Quintana. Y había otros, claro está, pero todos se esfumaron cuando estalló la guerra civil. No he vuelto a saber nada de ellos.

- ¿Nació UGT como necesidad de ofrecer un cauce de expresión, no violenta, a la clase trabajadora?

- Evidentemente. Los trabajadores anhelaban que se hiciera una sensata defensa de sus reivindicaciones laborales y el anarquismo sólo les prometía utopías. Los socialistas aportamos al sindicalismo nuestra concepción `política deliberadamente realista.

-  Y usted fue el principal impulsor.

- Claro. Si yo era el Presidente, ¿cómo no iba a serlo? Y conste que acepté el cargo a regañadientes, porque este mismo año iba a casarme y el trabajo sindical me distraía de mis obligaciones familiares. Sin embargo, Bisbal fue tajante,. Me dijo: "Un bon socialista mai no pot refusar un càrrec que lo ofereixen els seus comnpanys" Me hirió mi amor propio y acepté. Luego, más tarde, iba a demostrarles a todos ellos que efectivamente era un buen socialista.

- ¿Acaso lo dudaban?

- Deje que me explique: el año dieciocho habían asesinado a Cabotà, un obrero metalúrgico.

- Sí

- En el transcurso de una manifestación un sargento de la guardia civil le disparó a bocajarro. Y Jaume García animó a los manifestantes para que se concentraran delante del Gobierno Civil enarbolando la camisa ensangrentada de Cabotà. Yo, en cambio, consideraba que esta acción era fruto del obcecamiento y traté de impedirla. Discutimos acaloradamente García y yo y, desde  entonces, no nos volvimos a saludar.

- Bien, pero, ¿a qué viene esta historia? Estábamos. señor Rigo, en el solemne momento en que usted decide demostrarles a sus compañeros de partido que es un buen socialista,

- De acuerdo, no sea impaciente. Llega la Dictadura de Primo de Rivera.

- Y tanto a Jaume García como a Ignacio Ferretjans les sometieron a Consejo de Guerra.

- Sí, porque criticaron abiertamente al ejército. Pudieron huir de Barcelona gracias a que yo les conseguí una embarcación con el dinero de Alexandre Jaume. Allí cambiaron de nombre, García se llamó Vicenç Torres. Ferretjans no lo recuerdo.

- Pues no sabe cuento le agradezco la confidencia. Sin embargo, señor Rigo, hemos dejado una cuestión pendiente de liquidar.

- ¿Cuál?

- Porque, diantre, usted iba a demostrarles a sus compañeros que era un buen socialista.

- !Ah¡ Mire usted, había estallado un conflicto laboral en el ramo téxtil, porque los obreros trabajaban quince o diecisésis horas diarias. Fue un conflicto serio y duro. Como respuesta a la reivindicación obrera las empresas cerraron sus fábricas, y, en consecuencia, muchas familias se quedaron sin jornal. Con todo hubo una gran solidaridad de los otros gremios y el sindicato me otorgó amplios poderes para distribuir el dinero que se recogía a mi antojo. Así que organicé una especie de cooperativa: yo compraba al por mayor y, en la Casa del Pueblo, les dábamos a los afectados, patatas, aceite, pan y todos aquellos productos que creíamos imprescindibles para la manutención de sus familias. Claro, el conflicto era enorme y el trabajo me desbordaba, por lo que me ví obligado a nombrar una secretaria.

- Ya

- Era una chicha de dieciocho años, guapísima y la malidicencia se cebó en nosotros. Se dijo que éramos amantes y que gastábamos el dinero de los obreros en diversiones.

- Joder, ¿y cómo se llamaba la paloma?

- Teresina Busquets.

- Lamentable historia es esta, mi amigo.

- Y tanto. Como decirle que mi esposa se indignó más que yo con la infamia ...! Mi esposa era la encargada del personal de la Casa del Pueblo y Teresina siempre estaba dispuesta a darle una mano.

- En tan delicada e íntima situación no le hago más preguntas, don Rafael.

- Pues yo le explicaré lo que hice. Presenté mi dimisión a Bisbal y acepté que se nombrara una comisión que investigara los hechos, y mientras no se hiciera público el veredicto decidí apartarme del PSOE.

- Por Dios, don Rafael, ¿cuándo salió fumata blanca?

- Al cabo de cuatro meses. Mis compañeros Bisbal y Rabassa firmaron mi inocencia, así como el Presidente del gremio de cordeleros, Antoni Ambrós, y otro que no recuerdo quien era. Sólo Jaume García me consideró culpable, porque era un hombre rencoroso. De esta forma me hacía pagar mi oposición a su radicalismo, puesto de manifiesto el día que murió Cabotá.

- Bueno, buen amigo, volvamos atrás en el tiempo. El año veinticuatro se inaugura la Casa del Pueblo y los socialistas fueron acusados por comunistas y anarquistas de muchas cosas. Primeramente de colaborar con la Dictadura de Primo de Rivera.

- Ya lo sé, pero esta acusación no tiene sentido. ¿Cómo íbamos a ir los socialistas del brazo de Primo de Rivera? Sin emabargo, hay que reconocer que fue una dictadura de guante blanco y si Primo se hubiera retirado en el momento oportuno, le hubieran erigido un monumento en cada pueblo de España

"Conocí a Bisbal el primer día que entré en el Partido Socialista, el ventidós de noviembre de 1913. No olvidaré jamás la fecha del encuentro"

- De acuerdo. Vayamos con la segunda acusación: ustedes pactaron con Juan March.

- ¿Lo dice porque nos regaló la Casa del Pueblo? Bueno, hombre, March nos la regaló para borrar su mala imagen entre el obrerismo mallorquín. Y nos la regaló tan gentilmente, sin que nuestra aceptación supusiera ningún compromiso de pacto futuro.

 ¿Qué opinión le merecía Juan March?

- En cierta ocasión Prieto dijo en las Cortes: "O la República acaba con March o March acaba con la República".

- Pero, aquí, en Mallorca, esta frase no se entendía.

- Claro que no. Aquí March hizo de pagano y en paz. ¿Para que ibamos a meternos con él los trabajadores si él no se metía con nosotros?

- Verdaderamente es usted un hombre realista.

- Gracias, siempre me he jactado de serlo.

- ¿Cómo vivía un obrero en Mallorca?

- En tiempos de la República bien. Ganaba suficientemente como para vivir con ciertas comodidades.

 ¿Qué costaba un pan?

- Quarenta céntimos.

- ¿Y una docena de huevos?

- Dos pesetas.

- ¿Y un litro de aceite?

- Quarenta y cinco céntimos?

-¿Y un quilo de patatas?

- Nada, casi nada.

- ¿Y qué ganaba a la semana este obrero que podía hartarse de tortilla de patata?

- Pues una diez pesetas, si era oficial de la construcción.

- Mallorca, señor Rigo, era una tierra calma.

- Sí-

- ¿Un paraíso?

- Hubiese podido llegar a serlo

- Pues dígame: ¿dónde estana el diecinueve de julio del treinta y seis cuando Goded decidióse por sacar los cañoncitos a la calle?

- En casa. Estaba en casa. Un amigo, Juan Vich, me trasladó a un piso de su propiedad, sito en la plaza de Pedro Garau. Luego, al anochecer, nos escondió a mí y a mi familia en una casa de campo que tenía en Son Cladera.

- Le salvó la vida.

- Momentáneamente, sí. Luego tuve que apañármelas por mi cuenta. Verá a los pocos días estaba yo merodeando por los alrededores de la vivienda cuando me crucé con dos guardias civiles. Iban en busca de un tal Rafael Rigo, me dijeron, y entonces yo les respondí que lo había visto entrar precisamente en la casa de mi amigo. Les engañé y pude huir. Cuando llegué a Palma, paré un taxi y le ordené que me llevara a Manacor.

- Se metía en la boca del lobo.

- Casi, casi, pero aún no se había producido el desembarco y el pueblo estaba calmo. Me refugié en casa de Antonio Pérez, que era un concejal socialista de allí. El no se había escondido porque el capitán Jaume le había dado garantías de que no le molestarían.

- Sin embargo le fusilaron. Le fusilaron a él y a su hermano Rogelio.

- Ya lo sé. Yo y otro refugiado, Antoni Pa amb oli", pasábamos todo el día en su casa, pero, por precaución, por las noches cambiábamos de domicilio. Y vimos cómo les detenían. Yo incluso pasé por su lado sin saludarles.

- Les fusilaron el trece de septiembre.

- Pues no lo sabía. Sólo pensaba en salvarme. Estuve en diferentes refugios. En una casa cercana al cementerio contemplé una escena horripilante. Era de noche y subí al tejado para respirar un poco de aire puro.

- Todo un placer.

- Si, lo era en aquellos momentos. Pues bien, ví como de un camión descargaban un número indeterminado de hombres atados de pies y manos y los apilaban junto a una tapia. Allí mismo les prendieron fuego. No puedo describirle la escena.

 

- Me la imagino.

- De allí me trasladé al predio Son Pou, en Vilafranca. Ayudaba en las faenas del campo y pasaba inadvertido, pero era necesario cambiar de refugio continuamente y acompañado por Mateu Rigo, un primo mío también perseguido, me encaminé hacia Palma. Tardamos un día y medio en llegar a mi casa.

- ¿Sin contratiempos?

- Sin contratiempos. Las paredes de casa eran delgadas y oí el comentario que hacía un famoso empresario falangista en el comedor de mi vecino. Había acudido allí para indagar mi paradero. Dijo: "si le encuentro le arrastraré atado al parafangos de mi coche".

- Cuánto amor le profesaba.

- Cuanto odio, dígalo claro, y no sé porqué. Yo nunca le había ofendido, pero aquellos años fueron muy difíciles. Me detuvieron "a s'hort de Ca'n Bovera", en Ca'n Pastilla, y me trasladaron a la prisión provincial. Era el veintiocho de diciembre del treinta y ocho.

- Tal vez el hecho de que la guerra estuviera a punto de terminarse le salvó la vida.

- No sé, tal vez, pero puedo asegurarle que a dos años de matar aún no habían saciado su sed de sangre. Recuerdo las palabras del juez que me interrogaba: "Nada menos que Rafael Rigo - esclamó - si no vales el plomo que te hemos de meter en la cabeza. Ahora bien igual reniegas de ser socialista".

- ¿Y renegó?

- ¿Qué le parece? Le respondí que me sentía orgulloso de serlo. ¿Para qué callarme si estaba seguro de que me iban a fusilar?

- ¿Qué sentencia le dieron?

- Me pedían pena de muerte, pero ya no me acuerdo cuantos años de cárcel me pusieron. Luego redimí condena por el trabajo y trabajé de albañil en Palma y en Teruel. Trabajábamos para la compañía Miró Trapat: salíamos a la calle, siempre custodiados, y después del jornal volvíamos a la cárcel. Me soltaron el veintisiete de enero del cuarenta y cinco.

-¿Y volvió a Palma?

- Al cabo de tres días. Acababa de desembarcar y, camino de casa, me crucé con el empresario que andaba buscándome por la casa del vecino. Se me aproximó con la mano tendida. "Rigo -me dijo- enhorabuena".

- Noble rival, pardiez.

- Sí, claro. ¿Y sabe qué le respondí?

- Me lo imagino.

- Pues le dije: "Gracias, pero siento mucho que no haya tenido oportunidad de arrastrarme atado al parafangos de su coche".

- ¿Ponemos The End? Al fin y al cabo fue un "The End feliz.

- Ponga lo que usted quiera. Yo ya cerré la historia.

En cierta ocasión Prieto dijo en las Cortes: "O la República acaba con March o March acaba con la República".