Joaquín Baldomero Fernández
Espartero Álvarez de Toro. Conde de Luchana, Duque de la
Victoria, Duque de Morella, Vizconde de Banderas y Príncipe de Vergara. (n.
Granátula de Calatrava (Ciudad Real), 27 de febrero de 1793 - † Logroño, 8
de enero de 1879). Militar y político español.
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Baldomero Espartero
(1793 - 1879)
Retrato de Baldomero Espartero, por
el pintor español Antonio María Esquivel |
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Su padre había encauzado su
formación para un destino eclesiástico pero la Guerra de la Independencia le
arrastró desde muy joven al frente de batalla, que no abandonó hasta
veinticinco años después. Combatiente en tres de los cuatro conflictos más
importantes de España en el siglo XIX, fue soldado en la guerra contra la
invasión del francés, oficial durante la guerra colonial en Perú y General
en Jefe en la guerra civil. Vivió en Cádiz el nacimiento del liberalismo
español, senda que no abandonaría jamás. Hombre extremadamente duro en el
trato, valoraba la lealtad de sus compañeros de
armas —término que no gustaban de oír los demás generales—, tanto
como la eficacia. Combatió en primera línea, fue herido en ocho ocasiones y
su carácter altivo y exigente le llevó a cometer excesos, en ocasiones muy
sangrientos, en la disciplina militar. Convencido de que su destino era
gobernar a los españoles, fue por dos veces Presidente del Consejo de
Ministros y llegó a la Jefatura del Estado como Regente durante la minoría
de edad de
Isabel II. Ha sido el único militar español con tratamiento de
Alteza Real y, a pesar de todas sus contradicciones, supo pasar
desapercibido los últimos veintiocho años. Rechazó la Corona de España y fue
tratado como una leyenda desde bien joven
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La Patria cuenta con vuestros esfuerzos,
con vuestras virtudes, con vuestra sabiduría,
para que hagáis leyes que afiancen sus derechos y
destruyan los abusos que se han introducido en el gobierno
del Estado. Hacedlas; que la Reina tendra una
gran satisfacción en aceptarlas, y la Nación en obedecerlas.
En cuanto a mí, señores, yo las obedeceré siempre,
porque siempre he querido que se cumpla la voluntad
nacional, y porque estoy convencido de que
sin la obediencia a las leyes, la libertad es imposible. |
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Inicios
Menor de ocho hermanos,[1]
era hijo de un carpintero-carretero, familia trabajadora de la clase media
preponderante en un pueblo de casi 3000 habitantes. Tres de sus hermanos
fueron religiosos y una hermana, monja clarisa. En Granátula había recibido
clases de latín y humanidades con su vecino Antonio
Meoro, preceptor de Gramática, con gran fama en la zona dado que
preparaba a los chicos para acceder a estudios superiores. De hecho
nombraría al hijo de éste,
Anacleto Meoro, obispo de Almería
posteriormente. Cursó sus primeros estudios oficiales en la Universidad
Nuestra Señora del Rosario de Almagro, donde residía un hermano suyo
dominico, y obtuvo el título de Bachiller en Artes y Filosofía. Almagro
contaba con su propia Universidad desde 1553 por Real Cédula de
Carlos I y era una ciudad muy activa y próspera. Su padre deseaba
para Espartero una formación eclesiástica, pero el destino truncó esa
posibilidad. En 1808 se alistó en el ejército para formar parte de las
fuerzas que combatieron tras el levantamiento del 2 de mayo en Madrid contra
la ocupación napoleónica. Las universidades habían sido cerradas el año
anterior por Carlos IV y la propia Almagro había sido ocupada por los
franceses.
Fue reclutado junto a un numeroso
grupo de jóvenes por la Junta Suprema Central que se había constituido en
Aranjuez bajo la autoridad del entonces ya anciano
Conde de Floridablanca, con el fin de detener
en La Mancha al invasor antes de que las tropas enemigas llegasen a
Andalucía. Fue alistado en el Regimiento de Infantería Ciudad Rodrigo[2]
en calidad de Soldado Distinguido,
grado que adquirió por haber cursado estudios universitarios. Durante el
tiempo que estuvo en las líneas del frente en la zona centro-sur de España,
participó en la Batalla de Ocaña, donde las fuerzas españolas fueron
derrotadas.[3]
De nuevo su condición de universitario le permitió formar parte del
Batallón de Voluntarios Universitarios que se agrupó en torno a la
Universidad de Toledo en agosto de 1808,[4]
pero el avance francés le llevó hasta Cádiz donde cumplía su unidad
funciones de defensa de la Junta Suprema Central. Las necesidades
perentorias de un ejército casi destruido por el enemigo obligaron a la
formación rápida de oficiales que se instruyeran en técnica militar. La
formación universitaria previa de Espartero permitió que el coronel de
artillería, Mariano Gil de Bernabé, lo seleccionara junto a otro grupo de
jóvenes entusiastas en la recién creada Academia Militar de Sevilla. El
nuevo destino no evitó que participase desde el primer momento en
escaramuzas con el enemigo durante su formación como cadete, y así consta en
su hoja de servicios.[5]
Se le integró, junto a otros cuarenta y ocho cadetes, en la Academia
de Ingenieros el 11 de septiembre de 1811 y ascendió a subteniente el 1 de
enero del siguiente año. Suspendió el segundo curso, pero se le ofreció como
alternativa incorporarse al arma de infantería, al igual que a otros
subtenientes. Participó en destacadas operaciones militares en Chiclana, lo
que le valió su primera condecoración: Cruz de
Chiclana.
Sitiado por los ejércitos franceses
desde 1810, fue espectador de primera línea de los debates de las
Cortes de Cádiz en la redacción de la primera
constitución española, lo que marcó su decidida defensa del liberalismo y el
patriotismo.
Mientras la guerra tocaba a su fin,
estuvo destinado en el Regimiento de Infantería de Soria y con dicha unidad
se desplazó a Cataluña combatiendo en Tortosa, Cherta y Amposta, hasta
regresar con el Regimiento a Madrid.
Camino de América
Terminada la guerra, y deseoso de
proseguir su carrera militar, se alistó Espartero en septiembre de 1814 -al
tiempo que era ascendido a teniente- en el Regimiento Extremadura,
embarcando en la fragata
Carlota hacia América el 1 de febrero de 1815 para reprimir la
rebelión independentista de las colonias.
La corte fernandina había
conseguido desplazar a ultramar a seis regimientos de infantería y dos de
caballería. A las órdenes del general
Miguel Tacón y Rosique, Espartero quedó
integrado en una de las divisiones formadas con el Regimiento Extremadura
que se dirigió hacia el Perú desde Panamá. Llegaron al puerto de El Callao
el 14 de septiembre y se presentaron en Lima, con la orden de sustituir al
Marqués de la Concordia como virrey del Perú
por el general Joaquín de la Pezuela,
victorioso en la zona.
Los mayores problemas se
concentraban en la penetración de fuerzas hostiles desde Chile y Río de la
Plata al mando del general San Martín. Para
obstaculizar los movimientos, se decidió fortificar Arequipa, Potosí y
Charcas, trabajo para el cual la única persona con conocimientos técnicos de
todo el Ejército del Alto Perú era Espartero, por tener dos años de
formación en la escuela de ingenieros. El éxito de la empresa le valió el
ascenso a capitán el 19 de septiembre de 1816 y, aún antes de cumplir un
año, el de segundo comandante.
Táctica militar
Tras el pronunciamiento de
Riego y la jura de la Constitución gaditana por
el rey, las tropas peninsulares en América se dividieron definitivamente
entre realistas y constitucionalistas.
San Martín aprovechó estas circunstancias de división interna para
continuar su acoso y avance, ante lo cual un numeroso grupo de oficiales
destituyó a Pezuela como virrey el 29 de enero de 1821, nombrando en su
lugar al general
José de la Serna e Hinojosa. Se desconoce con
exactitud el papel que en este movimiento jugó Espartero, aunque su unidad
en conjunto fue leal al nuevo virrey. Sea como fuere, el que sería más tarde
Duque de la Victoria se empleó a fondo en el sur del Perú y este de Bolivia
en un modo de combate singular caracterizado por escasas tropas y acciones
rápidas donde el conocimiento del terreno y la capacidad de aprovechar al
máximo los recursos a mano eran determinantes. Este modo de operar será el
que más tarde desarrolle también en la guerra en España.
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Estatua ecuestre del general Espartero.
Está situada frente a la puerta de Hernani del jardín del Retiro
de Madrid (España). Al pie de la estatua reza la leyenda: « A
Espartero, el pacificador 1839, la nación agradecida.». |

Aunque Espartero no participó en la Batalla
de Ayacucho, tanto él como muchos de los militares protagonistas del
reinado de Isabel II serían llamados los ayacuchos por su pasado
en tierras americanas |
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Los ascensos de Espartero
por acciones de guerra fueron constantes. En 1823 era ya coronel de
Infantería a cargo del Batallón del Centro
del ejército del Alto Perú. Cuando el general insurrecto
Alvarado trató de penetrar con fuerzas muy superiores por las
fortificaciones de Arequipa y Potosí, de las que se sentía especialmente
orgulloso Espartero, el general
Jerónimo Valdés no dudó en encargar a éste la
defensa de la posición de Torata, con apenas cuatrocientos hombres, con el
fin de hostigar desde ella al enemigo, al tiempo que
Valdés organizaba una encerrona. Al llegar los sublevados, Espartero
mantuvo durante dos horas la posición causando importantes bajas y
replegándose a órdenes de Valdés de manera
ordenada, mientras éste salía al encuentro del enemigo sin permitirle
avanzar y, en un error del general Alvarado al
desplegar una línea de frente excesiva,
Valdés lanzó un ataque desde el que desbarató
las pretensiones de penetración. Tras la llegada de
José de Canterac, el enemigo fue puesto en
fuga, siendo el Batallón de Espartero uno de los que persiguió a las fuerzas
que huían por Moquehua y destacó por destruir por completo la llamada
Legión Peruana. El general Valdés
consignó en sus calificaciones sobre Espartero:
«Tiene mucho valor,
talento, aplicación y conocida adhesión al Rey nuestro señor: es muy a
propósito para el mando de un Cuerpo y más aún para servir en clase de
oficial de Estado Mayor por sus conocimientos. Éste será algún día un buen
general...»
A su valentía se unía una
gran sangre fría y capacidad de engaño al enemigo, infiltrándose entre los
sublevados para más tarde arrestarlos y, en juicio sumarísimo, condenarlos a
muerte y ejecutarlos. Este modo de proceder sería una constante en su
carrera militar.
Fin de la etapa americana y regreso a España
El 9 de octubre de 1823 el
victorioso comandante fue ascendido a brigadier otorgándosele el mando del
Estado Mayor del Ejército del Alto Perú. Tras finalizar labores de control
de los restos de insurgentes, La Serna lo envió a la conferencia de Salta
como representante plenipotenciario del virrey para la firma de un
armisticio que permitiese la extensión de los acuerdos con los insurrectos
de Buenos Aires al Perú. En Salta se reunió Espartero con el general
José Santos La Hera, que actuaba en nombre de los comisarios regios.
Acreditado, Espartero comunicó a La Hera que el
acuerdo no era posible pues las fuerzas enemigas carecían de toda capacidad
operativa y no se sentía el Virrey obligado a otorgar más que la generosidad
con la que habían sido tratados. La actitud hostil de
La Serna y el propio Espartero hacia los delegados en nombre del rey
Fernando se ha interpretado como una afrenta a la Corona para
algunos, o como una medida de contención de las aspiraciones
independentistas para otros.[6]
La figura de Espartero a esta edad
fue trazada por el conde de
Romanones como la de:
«... un hombre de estatura
mediana, por el conjunto y proporciones de su cuerpo no daba la impresión
de pequeñez.... de ojos claros, mirada fría... sus músculos faciales no se
contraían en momento alguno...»
El fin del
Trienio Liberal y el retorno al absolutismo volvieron a dividir
al ejército expedicionario. La Serna envió a Espartero a Madrid con el
encargo de recibir instrucciones precisas de la Corona, partiendo para la
capital desde el puerto de Quilca el 5 de junio de 1824 en un barco inglés.
Llegó a Cádiz el 28 de septiembre y se presentó en Madrid el 12 de octubre.
Aunque obtuvo para el Virrey la confianza de la Corona, no le fue posible
garantizar los refuerzos pedidos.
Embarcó en Burdeos camino de
América el 9 de diciembre, coincidiendo con la pérdida del Virreinato del
Perú. Arribó a Quilca el 5 de mayo de 1825 sin noticias del desastre de
Ayacucho, y fue hecho prisionero por orden de Simón Bolívar. Liberado,
regresó a España con un numeroso grupo de compañeros de armas.
A su llegada fue destinado a
Pamplona y posteriormente fijó su residencia en Logroño, muy a su pesar.
Allí contrajo matrimonio el 13 de septiembre de 1827 con María Jacinta
Martínez de Sicilia, rica heredera de la ciudad y gracias a la cual se
convirtió en un hacendado.
Wikisource
La impronta de la
experiencia americana
Aunque no participó en la decisiva
batalla, -lo que provocaba sus iras al serle mencionado-, sí que lo hizo en
muchos otros enfrentamientos y, de hecho, él y muchos de los oficiales que
le acompañaban serían conocidos en España como los ayacuchos, en
recuerdo de su pasado americano y de la influencia que sobre sus ideas
políticas tuvieron otros militares liberales que participaron en aquella
guerra. Su actividad en la campaña americana fue febril y destacada por sus
conocimientos en topografía y construcción de instalaciones militares, su
capacidad de actuar rápido y con pocos efectivos, la virtud de movilizar con
prontitud tropas y la autoridad que le reconocían sus soldados. Los méritos
de guerra fueron numerosos, aunque hizo poca mención de ellos en los años
posteriores.
En lucha contra los carlistas
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Desarrollo del ataque al puente de
Luchana por las tropas de Espartero con el apoyo de la armada
británica y española. Grabado, reproducido como xilografía en
Panorama Español, 1849 |

Pasquín con el texto íntegro del Convenio
de Oñate que se imprimió en 1839 para ser repartido por todos los
frentes de batalla |
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A pesar de los favorables
informes de sus superiores, de regreso en la península hubo de desempeñar
funciones burocráticas y destinos menores, lo que le irritaba. Aprovechó
para ordenar su nueva hacienda constituida por la fortuna heredada de su
esposa, María Jacinta, y que consistía en un mayorazgo y diversos bienes
vinculados donde se encontraban importantes fincas rústicas y urbanas y
cerca de un millón y medio de reales procedentes también de los beneficios
en las inversiones que los tutores de su esposa habían realizado durante la
minoría de edad de ésta.
En 1828 fue nombrado
Comandante de armas y presidente de la Junta de Agravios de
Logroño y después se le destinó al Regimiento Soria destacado en Barcelona
primero, y Palma de Mallorca más tarde. Pero la historia quiso que se le
ofreciera una oportunidad en forma de conflicto civil.
A la muerte de
Fernando VII, Espartero apoyó la causa de
Isabel II y de la regente
María Cristina de Borbón frente al hermano del
difunto rey
Fernando,
Carlos María Isidro. Entre los cambios en la
dirección del Ejército que la regente María Cristina
adoptó en los primeros días de gobierno para eliminar a los elementos
carlistas, Espartero fue nombrado Comandante General
de Vizcaya en 1834, bajo las órdenes de un antiguo jefe suyo,
Jerónimo Valdés, que lo había reclamado para el
servicio en campaña. Participó así en el frente norte durante la
Primera Guerra Carlista, desempeñando un destacado papel, no sin
antes haber puesto en fuga distintas partidas carlistas en Onteniente.
Sus primeras medidas
recuerdan mucho la etapa americana. Al frente de una pequeña división,
ordenó la fortificación de Bilbao, Durango y Guernica para defenderlas de
las incursiones carlistas, y persiguió las pequeñas partidas que se iban
formando en distintos puntos. La primera operación de envergadura
enfrentándose al grueso de las tropas enemigas tuvo como escenario Guernica
en febrero de 1834. Sitiados los cristinos por una columna de seis mil
hombres, Espartero liberó la ciudad el día 24 con cinco veces menos fuerzas
que los atacantes, lo que le valió el ascenso a
Mariscal de Campo.
La primera derrota
En mayo se le otorgó la Comandancia
General de todas las provincias vascongadas. La segunda gran acción que
recibió como encargo fue a mediados de 1835. El general carlista
Zumalacárregui había conseguido agrupar las partidas de voluntarios en un
ejército bien organizado. Los cristinos, sin embargo, pasaban por una grave
crisis al haber sido cambiados los mandos en varias ocasiones por la propia
situación de conflictividad que vivía Madrid. En estas circunstancias,
Zumalacarregui emprendió una ofensiva que le llevó a fijar posiciones
avanzadas en Villafranca de Ordicia, dominando así una amplia zona de
movimientos. Espartero recibió el encargo de Valdés de enfrentarse a
Zumalacárregui, para lo que contaba con dos
divisiones y un batallón, más otras dos divisiones que se aproximaban desde
el valle del Baztán. El 2 de junio consiguió sin esfuerzo situarse en un
alto a la vista de Villafranca, en el camino de Vergara. Aseguró las
posiciones a la espera de los refuerzos, pero cambió de parecer y se dirigió
a Vergara. Al estar a la vista del general carlista Francisco Benito Eraso,
éste aprovechó la vulnerabilidad del batallón de retaguardia para atacarlo
en su repliegue con poco más de tres compañías de infantería. La impresión
de los atacados fue que el grueso carlista era numeroso y, poco a poco, se
extendió el pánico entre la tropa que llegó a huir de manera desordenada
hacia Bilbao. Éste fue el primer fracaso militar de Espartero, y la primera
vez en la que se le encomendaba un ejército numeroso que debía combatir a la
manera tradicional. Las consecuencias de la derrota fueron muy graves, ya
que los carlistas, con poco más de ochocientos hombres, habían ocupado, no
sólo Villafranca, sino también Durango y Tolosa.[7]
El desarrollo de la guerra
Los éxitos carlistas colocaron a
Espartero en una situación propicia a su modo de combatir: fortificaciones
aisladas, pocos hombres, ciudades asediadas, terrenos abruptos. Todo aquello
que le hacía recordar sus años americanos.
Su valentía y arrojo fueron
incuestionables, pero también su crueldad y el sacrificio de vidas humanas
en el campo de batalla en momentos críticos, como en el primer sitio de
Bilbao, que consiguió levantar, y en la batalla de Mendigorría, donde los
cristinos obtuvieron su primera gran victoria en la guerra. Espartero debió
enfrentarse desde ese momento a su superior, Luis Fernández de Córdoba, en
una pugna entre ambos por recibir los méritos de las acciones de campaña
En Bilbao de nuevo, cuando catorce
batallones carlistas asediaban la ciudad el 24 de agosto de 1835, Espartero
participó activamente en el levantamiento del cerco sin apenas esfuerzo. De
camino a Vitoria tras salir de Bilbao el 11 de septiembre, batallones
carlistas se opusieron a sus unidades, por lo que ordenó arremeter contra
ellos persiguiéndolos hasta Arrigorriaga, donde se encontró con importantes
fuerzas carlistas que le obligaron a retroceder hasta la capital vizcaína.
En este repliegue encontró tomada la entrada a la ciudad, con lo que recibió
ataques por vanguardia y retaguardia. Acorralado, Espartero decidió
enfrentarse a las tropas que en el puente sobre el río Nervión le cortaban
el paso, pudiendo cruzar al fin camino de la ciudad en una brillante acción
que le valió la
Cruz Laureada de San Fernando y la
Gran Cruz de Carlos III, además de una herida
en el brazo. No obstante su desafiante capacidad, sus mandos no lo
consideraban capaz de dirigir el grueso de los ejércitos cristinos dado su
ímpetu alocado y sus reiterados actos de desobediencia a los superiores.
En 1836 el Ejército del Norte quedó
en manos del general Lacy Evans, con
Luis Fernández de Córdoba como General en Jefe. Recibidas órdenes de
atacar al enemigo en cualquier situación de ventaja, Espartero ocupó en
marzo el puerto de Orduña con fuerzas menguadas, ganando así una ventajosa
posición para el ejército, lo que le valió una nueva Laureada de San
Fernando y la posibilidad de efectuar una nueva acción días después sobre
Amurrio. Tras las acciones con la III División al abrir franco el paso a
Vizcaya, Fernández de Córdoba le propuso, muy a su pesar, para el ascenso a
Teniente General el 20 de junio. Aún le permitió la guerra obtener el acta
de Diputado por Logroño a las Cortes Generales en las elecciones celebradas
el 3 de octubre de 1836 junto a quien sería otro gran adalid del
liberalismo,
Salustiano de Olózaga. Todavía sería elegido en
otras tres ocasiones a lo largo de su vida, aunque no ocupó jamás su escaño
y renunció en favor de otras provincias.
En el verano Espartero cayó enfermo
y se desplazó a Logroño para recuperarse. Los movimientos liberales en toda
España se sucedieron mientras descansaba. Los éxitos militares logrados le
catapultaron finalmente a ser nombrado General en Jefe del Ejército del
Norte y Virrey de Navarra en
sustitución de Fernández de Córdoba. El motín de la
Granja de San Ildefonso
que había colocado a la regente en la necesidad de abandonar el
Estatuto Real y dar más protagonismo a los liberales con el
restablecimiento de la norma constitucional gaditana favoreció también el
nombramiento.
El General en Jefe
Alcanzar el grado de General en
Jefe hizo que el futuro Duque de la Victoria moderase su crueldad, limitase
sus acciones impetuosas y dedicase un tiempo a reorganizar el ejército
isabelino que contaba con dos problemas graves: uno, la necesidad de moverse
por un territorio, el carlista, bien asentado, donde las fuerzas leales a
María Cristina sólo contaban con algunas grandes ciudades y fortificaciones,
pero no libertad de movimientos; en segundo lugar, la falta de recursos para
equipar las tropas y la ausencia de disciplina interna.
Bilbao de nuevo
Casi sin actividad bélica, los
carlistas aprovecharon para reorganizarse y volvieron a sitiar Bilbao en
1836 con más fuerzas y mejor organizados que en la primera ocasión. Desde el
Ebro y sin usar el camino de Vitoria, Espartero dirigió catorce batallones
camino de la capital vizcaína en un viaje lento y tormentoso, concentrándose
en el valle del Mena en noviembre, dado que no disponía todavía de
información suficiente sobre los posibles movimientos del enemigo.
Finalmente, mientras la flota hispano-británica le esperaba en Castro
Urdiales, consiguió llegar el día 20 de noviembre y embarcar a su ejército,
con trescientos jinetes más, camino de Portugalete, donde arribó el 27. Tomó
los altos de Baracaldo pero le rechazaron los carlistas en el primer intento
de entrar en Bilbao. Aunque el 30 la mayoría de los generales aconsejaron a
Espartero que abandonase el intento de levantar el sitio, decidió no hacer
caso: ordenó construir un puente de barcas sobre el Nervión y el 1 de
diciembre el ejército isabelino se encontraba al otro lado, debiendo
mantener las posiciones contra el incesante fuego enemigo. El segundo
intento de levantar el cerco volvió a fracasar y la moral de la tropa
decayó. Falto de dinero, que no llegó hasta mediados de mes, Espartero trazó
un plan que le permitió atacar por las dos orillas del Nervión a un tiempo.
El 19 de diciembre, los cañones de la Armada Española e inglesa apoyaron la
operación de avance y la ciudad fue liberada en una acción meritoria, con
Espartero enfermo y a la cabeza, entrando por el puente de Luchana el día de
Navidad. Fruto de esta acción la reina regente le otorgó el título de
Conde de Luchana.
Especialmente satisfecho, emitió un
oficial según sus instrucciones el siguiente Oficio al Gobierno del que se
extrae lo sustancial:
«... Las privaciones y
sufrimientos de las tropas de mi mando han quedado recompensadas en este
día. Ayer a las cuatro de la tarde dispuse la atrevida operación de
embarcar compañías de cazadores que se apoderasen de la batería enemiga de
Luchana. Al poco tiempo, aunque en medio de una terrible nevada, se
ejecutó la operación con el éxito más feliz para la bravura y entusiasmo
de aquellas, y eficaz cooperación de la Marina inglesa y Española. El
puente quedó en nuestro poder; los enemigos lo tenían cortado; pero a la
hora y media ya estaba restablecido. Los enemigos, reuniendo considerables
fuerzas, acudieron sobre aquel punto: el combate se empeñó ya de noche: el
temporal de agua, nieve y granizo, fue espantoso: la pérdida que
esperimentó este ejército en las muchas horas de combate fue también de
consideración. Los momentos fueron críticos; pero las cargas decididas á
la bayoneta nos hicieron dueños de todas sus posiciones, haciendo levantar
el sitio de esta villa, en la que he verificado hoya la entrada. Todas sus
baterías, municiones é inmenso parque quedó en nuestro poder..., Cuartel
general de Bilbao 25 de diciembre de 1836. Excmo. Sr. Baldomero Espartero.
Excmo. Sr. Secretario de estado y del despacho de la guerra.
Wikisource
Hacia el final de la guerra
Después de Luchana, la guerra
tocaba a su fin. Las fuerzas leales a Isabel II eran superiores en número y
capacidad operativa. Desde Bilbao, Espartero se trasladó por el norte del
País Vasco hasta Navarra, concentró y organizó a las tropas, se dirigió al
Maestrazgo y se vio obligado a enfrentarse con la denominada
Expedición Real encabezada por el pretendiente carlista, último
intento de éste de conquistar Madrid y obtener la victoria en la guerra.
Espartero les alcanzó a las puertas de la capital, donde se libró la batalla
de Aranzueque con victoria del general cristino. El éxito le colocó en una
posición dominante entre los liberales, pero también entre todos los
ciudadanos agradecidos por haberles salvado de la incursión y haber
provocado el desmoronamiento del ejército enemigo. Los homenajes y
agradecimientos públicos y privados convencieron a Espartero de que la
popularidad obtenida era un equipaje muy valioso para alcanzar el poder
político.
Entre 1837 y 1839, al tiempo que
formó un gobierno fugaz por falta de sostén parlamentario suficiente,
derrotó a las tropas carlistas en Peñacerrada, en Ramales, —que se llamó
Ramales de la Victoria desde entonces—, y en Guardamino.
Fomentó la división entre los
carlistas y firmó la paz, promovida muy activamente por el representante
militar de Gran Bretaña en Bilbao, lord John Hay, con el general carlista
Rafael Maroto mediante el
Convenio de Oñate el 29 de agosto de 1839,
confirmado con el abrazo que se dieron estos dos generales dos días más
tarde ante las tropas de ambos ejércitos reunidas en los campos de Vergara,
acto que se conoce como el Abrazo de Vergara.
El final victorioso de la guerra le valió el título de
Grande de España y Duque de la Victoria,
amén de los de
Vizconde de Banderas y Duque de Moreli.
Muchos años más tarde, el rey
Amadeo I le concedió también el de
Príncipe de Vergara.
La firma del acuerdo de paz con
Maroto había sido contestada por muchos sectores carlistas, entre los que se
encontraban el general Ramón Cabrera que,
refugiado en el Maestrazgo, plantó cara a Espartero hasta que fue derrotado
con la conquista de Morella el 30 de mayo de 1840, acción por la cual la
Reina Isabel le concedió el título de
Duque de Morella y el
Toisón de Oro. La huida de Cabrera hacía Cataluña con la mayor
parte de los restos del Ejército del Norte sería perseguida por
O'Donnell.
El político radical
Terminada la guerra, Espartero
había alcanzado gloria y fama entre todo el pueblo y, lo que es más
importante, en el seno del ejército. En agosto de 1837 se había unido al
Partido Progresista por rechazo a la
inestabilidad que propugnaban los moderados. Sus enfrentamientos con
Ramón María Narváez venían desde años atrás, cuando no se le
suministraban las mismas tropas, material y fondos que al
Espadón de Loja.
Las incursiones de Espartero en
política desde 1839 eran duramente contestadas por la prensa moderada.
Consciente de su poder y opuesto al conservadurismo de
María Cristina, tras las revueltas de 1840
consiguió ser nombrado Presidente del Consejo de Ministros,[8]
pero el insuficiente apoyo le obligó a dimitir. Espartero lideraba sin
oposición el Partido Progresista y necesitaba una mayoría suficiente en las
Cortes. El motín de la Granja de San Ildefonso
había llamado la atención a los moderados sobre la fortaleza de los
liberales y, por tanto, del propio Espartero. Así, el enfrentamiento con la
Regente acerca del papel de la Milicia Nacional y de la autonomía de los
Ayuntamientos,[9]
concluyó en una sublevación generalizada contra María Cristina en las
ciudades más importantes —Barcelona, Zaragoza y Madrid, las más destacadas—
y a la renuncia y entrega de ésta de la Regencia y custodia de sus hijas,
incluida la Reina Isabel, en manos del general.
Espartero regente de España
Espartero alcanzó la Regencia
mientras María Cristina marchaba al exilio en
Francia. No obstante, el partido progresista se encontraba dividido respecto
a cómo ocupar el espacio dejado por la madre de
Isabel II. Por un lado, los llamados
trinitarios, abogaban por el nombramiento de una Regencia
compartida por tres miembros. Por otro, los
unitarios capitaneados por el propio Espartero, mantenían la
necesidad de una Regencia unipersonal sólida.[10]
Finalmente, Espartero fue elegido el 8 de marzo de 1841 Regente único del
Reino por 169 votos de las Cortes Generales contra 103 votos que obtuvo
Agustín Argüelles. La fortaleza del general le permitió alcanzar la
Regencia no sin antes haberse enemistado con una parte significativa del
partido progresista que veía en el general una autoritarismo latente.
Su modo de gobernar dictatorial,
personalista y militarista provocó la enemistad con muchos de sus
partidarios. Esta situación de tensión interna entre los progresistas fue
aprovechada por los moderados con el levantamiento de
O'Donnell en 1841 que se saldó con el fusilamiento de algunos
destacados y apreciados miembros del ejército como
Diego de León. Con posterioridad, el alzamiento
de Barcelona en noviembre de 1842 fue reprimido con dureza por el Regente al
bombardear la ciudad el 3 de diciembre con cuantiosas víctimas, siendo el
preludio del fin de su Regencia. El
general Prim se sublevó en Barcelona, y le
siguieron, entre otras ciudades, Granada y la propia Madrid.
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Revuelta en Barcelona contra la política
fiscal de Espartero |
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La vivienda de Espartero en Logroño. La
Ilustración española y Americana. Madrid, 1879 |
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En 1843 se vio obligado a
disolver las Cortes, ante la hostilidad de las mismas.
Narváez y
Serrano encabezaron un pronunciamiento
conjunto de militares moderados y progresistas en el que las fuerzas propias
del Regente se pasaron al enemigo en Torrejón de Ardoz.
Exiliado en Inglaterra
Tras huir por Cádiz, marchó al
exilio en Inglaterra el 30 de julio. Las nuevas autoridades ordenaron que,
de ser hallado en la península, fuera "pasado por las armas" sin
esperar otras instrucciones. Pero las maniobras de
Luis González Bravo y del propio
Narváez contra los progresistas, en especial
contra Salustiano Olózaga, hicieron que éstos
no tardaran en reclamar de Espartero, exiliado, el liderazgo de los
liberales.[11]
En Inglaterra Espartero vivió una vida austera, aunque era agasajado
constantemente por la Corte británica y toda la nobleza. No perdió de vista
la política nacional y, sin duda, buena parte de las acciones civiles y
militares de los progresistas en este periodo contaron con su beneplácito.
La
Constitución moderada de 1845 no aseguró la estabilidad política.
Antes al contrario, la distancia entre liberales y moderados se agrandó.
Isabel II, aconsejada por su madre, trató de acercar a Espartero de nuevo
hacia la Corona, sabedora de que, más temprano que tarde, habría de contar
con un hombre admirado por su pueblo y de tan importante influencia. Así, el
3 de septiembre de 1847, el entonces Presidente del Gobierno,
Joaquín Francisco Pacheco, le expidió el Decreto por el cual la Reina
le nombraba Senador y, poco más tarde, embajador plenipotenciario en Gran
Bretaña. Era el tiempo de la reconciliación.[12]
Reconciliado con la Reina
En 1849 fue restituido en sus
honores y regresó a España refugiándose en Logroño, abandonando la vida
pública. Reapareció de forma esporádica junto a
Leopoldo O'Donnell después de la
revolución de 1854, con quien compartió el
liderazgo político en el llamado Bienio Progresista
(1854-1856), años en los que fue nuevamente presidente del gobierno.[13]
Después del retiro, se sintió con
fuerzas el Duque de la Victoria para esta nueva llamada a la responsabilidad
pública, haciendo a sus conciudadanos una breve proclama:
«Riojanos: Me separo de
Logroño, mi pueblo adoptivo, porque la patria y su libertad reclaman mi
presencia en la invicta Zaragoza. Me llevo el grato recuerdo de siete años
en que he sido vuestro conciudadano. Un solo encargo os dejo: Obedeced a
la patriótica junta que ha sido instalada en este día, respectad sus
disposiciones y conservad el orden, garantía segura del triunfo».
Pero el propio
O'Donnell terminó por desplazarlo del poder con
su proyecto de
Unión Liberal, tramando desde su puesto como
Ministro de la Guerra cuanto convenía a sus intereses. Espartero ya no era
el hombre capaz de agotarse hasta el extremo y comprendió que la reina
Isabel había colocado, al decir de Romanones, «dos gallos en el mismo
gallinero» para mantener a dos de los más prestigiosos generales de su
lado.[14]
Una Corona para el militar
Cuando fue destronada la reina
Isabel II por la
revolución de 1868,
Juan Prim y Pascual Madoz le
ofrecieron la Corona de España, cargo que no aceptó. Los años habían hecho
mella en su persona y no se consideraba con fuerzas para tan alta empresa.
La ciudadanía y buena parte de la prensa liberal reclamaba al viejo general
octogenario para ser proclamado Rey. Panfletos, artículos -sobre todo en los
diarios La Independencia
y El Progreso- e incluso
canciones con mejor o peor fortuna y gusto pedían en las grandes ciudades
que se ofreciera al general la Corona. En la primavera de 1870, una comisión
de Diputados viajó camino del retiro del general en Logroño para pedirle que
aceptara la empresa. Portaban una carta del entonces Presidente del Consejo,
Juan Prim, en la que se leía:
«Madrid, 13 de mayo de
1870. Serenísimo Señor: El Gobierno del Regente considera llegado el
momento de dar una solución definitiva al momento que atravesamos. Los
dignos ministros que componen el Gobierno que tengo el honor de presidir
anhelamos el bien de la patria y la consolidación de sus libertades.
Sabido es que al resolver la cuestión de Monarca amigos y apasionados de
V.A. se acordaron de los servicios prestados a la causa constitucional por
el pacificador de España. Para este caso, y, según lo he hecho autorizado
por el Gobierno, como lo estoy en esta ocasión presente, en todas la
candidaturas anteriormente iniciadas, con los respetos debidos, desearía
saber si podría contarse con la aceptación de V.A. para Rey de España en
el caso de que las Cortes Constituyentes y soberanas se dignaran elegirle.
El Gobierno no patrocina ninguna candidatura, dejando a la Asamblea la más
completa libertad. Tiene, sin embargo, el deber de evitar que las pasiones
se agiten inútilmente si no hubiese de aceptar el candidato que las Cortes
elijan. V.A. conocerá cuán elevado y patriótico es el pensamiento que, en
nombre del Gobierno, me obliga a dirigir a V.A. esta carta, de la que es
portador mi antiguo amigo y diputado a Cortes el Excmo. Sr. D. Pascual
Madoz, quien ciertamente es una de las personas más adictas a V.A. Queda
de V. A. con las más distinguida consideración, su afectuoso y muy
respetuoso servidor, Firmado: El Conde de Reus. A.S.A. serenísima y
capitán general del Ejército don Baldomero Espartero, Duque de la
Victoria».
La carta, pues, invitaba a ser
candidato, más que a ser Rey, con la prevención de que no se sublevase si no
era elegido. Tal era el temor que el viejo Capitán General todavía producía
en las filas de algunos mandos del ejército. Envió una breve respuesta
negativa y cortés a
Prim, y a
Nicolás Salmerón que encabezaba la
delegación parlamentaria le expresó, entre otras cosas
«...al trasmitir ustedes la
expresión de mi gratitud al general Prim y demás amigos que en mi pusieron
las miras con tan alto pensamiento, díganles de mi parte que la abandonen
por completo y que alarguen el paso en el camino de la constitución
monárquica del país. Que desistan de traer al solio español a ningún
prícipe extranjero porque eso sería prolongar la peligrosa interinidad en
que vivimos...»
Les advertía así sobre el alcance
funesto que podía tener para España una monarquía extranjera y la
frustración que entre el pueblo eso iba a generar.
Cumplimentado por los Jefes de Estado que se
sucedieron
Elegido
Amadeo I de Saboya como Rey de España, en
septiembre de 1871 anunció públicamente su voluntad de acudir a visitar al
general Espartero en su residencia de Logroño. Se desconoce si fue
aconsejado para hacerlo, pero en el convulso periodo del
Sexenio Democrático y con un Rey atípico elegido en Cortes, pareció
conveniente al monarca ganarse la confianza de quien era una leyenda del
liberalismo.
El propio Duque de la Victoria fue
a recibirlo a la estación de ferrocarril vestido con traje de gala como
Capitán General, acompañado de autoridades civiles y militares de la ciudad
y recorrieron juntos el trayecto hasta la casa del Duque en medio del júbilo
de la población que aclamó a ambos. Pasó dos días alojado el monarca en la
residencia de Espartero y apenas tuvo más contacto con la población que
asistir a dos actos protocolarios. Se desconoce el contenido de las
conversaciones durante el tiempo que estuvieron juntos, pero Espartero,
cuando lo acompañó de regreso a la estación de tren, dio muestras de
alegría, respeto y lo trató como Rey legítimo de los españoles,
reconocimiento que muy bien podría ser el que buscaba Amadeo. A su regreso a
Madrid, el Rey le concedió el título de Príncipe
de Vergara (2 de enero de 1872), con tratamiento de
Alteza Real.
Aún recibiría en su hogar al propio
Estanislao Figueras tras la proclamación de
la
Primera República Española y a otro Rey que
vendría a cumplimentarlo por tres veces:
Alfonso XII.
El Rey Alfonso acudió por vez
primera el mismo año de su elección, el 9 de febrero de 1875, acompañado del
Ministro de Marina y también pasó, como Amadeo, la noche en casa del Duque.
La delicada salud del viejo general le impidió acudir a recibir al monarca,
que encontró a un hombre envejecido pero que guardaba parte de sus antiguas
fuerzas. El Rey le comunicó la concesión de la Gran Cruz de San Fernando, a
lo que el propio Espartero hizo buscar entre sus condecoraciones alguna de
las ganadas con anterioridad y quiso imponérsela a Alfonso XII para, en sus
propias palabras.
«... recuerde que el Rey Constitucional, a más de
valeroso debe ser justo y fiel custodio de las libertades públicas, con lo
que asegurará la felicidad del pueblo y logrará captar su amor... »
Regresó el monarca el 6 de
septiembre de 1876 para comunicar al victorioso general de la
Primera Guerra Carlista que, nuevamente, el carlismo había sido
vencido, y tiempo después, el 1 de octubre de 1878, celebrándose una
ceremonia religiosa por las almas de las esposas de ambos, fallecidas hacía
poco tiempo.
Pasó los últimos años de su vida en
su hogar, rodeado del afecto de sus paisanos, siendo referente de muchos de
los políticos de la época. Su conocida altanería dio paso a un hombre de
estado, consejero para todos y que manifestó en cuantas ocasiones pudo su
deseo de que las desavenencias entre las distintas facciones políticas no se
solventasen más por la vía de las armas. La muerte de su esposa Jacinta le
sumió en un profundo pesar y ya no atendió más que a su propio final.
Su testamento había sido otorgado
el 15 de junio de 1878, apenas seis meses antes de fallecer y poco después
de la muerte de su esposa. Al no tener hijos, Espartero nombró heredera
universal a su sobrina Eladia Espartero Fernández y Blanco, por quien sentía
gran predilección. Le herencia, constituida por una gran fortuna, iba
acompañada de todos los títulos y honores. Al resto de sobrinos y al
personal de su casa les dio mandas y legados, y a su antiguo ayudante, el
Marqués de Murrieta, le otorgó la espada con la que Bilbao le
obsequió y la estatua ecuestre que le regaló la ciudad de Madrid, además de
otras pertenencias militares menores.
Hoja de Servicios
| |
| Año |
Día y
mes |
Empleo |
| 1809 |
1 de
noviembre |
Soldado Distinguido |
| 1812 |
1 de
enero |
Subteniente |
| 1814 |
2 de
septiembre |
Teniente |
| 1816 |
9 de
septiembre |
Capitán |
| 1817 |
1 de
agosto |
Segundo Comandante |
| 1821 |
26 de
febrero |
Comandante |
| 1822 |
23 de
marzo |
Coronel Graduado de Infantería |
| 1823 |
1 de
febrero |
Coronel Efectivo de Infantería |
| 1823 |
9 de
octubre |
Brigadier |
| 1834 |
17 de
febrero |
Mariscal de Campo |
| 1836 |
21 de
junio |
Teniente General |
| 1838 |
1 de
mayo |
Capitán General |
|
|
Bibliografía
y fuentes
-
Bermejo, Francisco.
Espartero, hacendado riojano.
Colección Logroño, núm. 24. Instituto de Estudios Riojanos. Logroño,
2000. ISBN 84-89362-77-7
-
Burdiel, Isabel.
Isabel II. No se puede reinar inocentemente.
Edit. Espasa-Calpe. Madrid, 2004. ISBN 8467013974.
-
Conde de Romanones.
Espartero. El general del pueblo.
Espasa-Calpe. Madrid 1932.
-
Fernandez Bastarreche, Fernando.
El Ejército Español en el siglo XIX.
Editorial Siglo XXI. Madrid, 1978.
-
Gómez, Francisco Javier.
Logroño histórico. Descripción detallada de lo que un día fue y de
cuanto notable ha acontecido en la ciudad desde remotos tiempos hasta
nuestros días. Logroño, 1893.
Reeditado en edición facsímil por el Ayuntamiento de Logroño en 1998.
Primera Reimpresión 2000 ISBN 84-89362-42-4
-
Pérez Galdós, Benito.
España sin rey. Madrid,
1908.
-
Gómez, Francisco Javier.
Logroño histórico. Descripción detallada de lo que un día fue y de
cuanto notable ha acontecido en la ciudad desde remotos tiempos hasta
nuestros días. Logroño,
1893. Reeditado en edición facsímil por el Ayuntamiento de Logroño en
1998. Primera Reimpresión 2000 ISBN 84-89362-42-4
-
Ruíz Cortés, F., y Sánchez Cobos, F.,
Diccionario Biográfico de Personajes Históricos del Siglo XIX Español.
Madrid, 1998.
-
Segundo Flórez, José.
Espartero. Imprenta
Sociedad Literaria. Madrid 1843.
-
Journée de Torrejon D'Ardoz
(Le 22 juillet 1843) par un espagnol.
Paris 1843.
-
Vida militar y política de Espartero.
Imprenta de la Sociedad de Operarios del mismo Arte. Madrid 1844.
-
Galería Militar Contemporánea.
Sociedad Tipográfica de Hortelano y Compañía. Madrid 1846.
-
La España salvada o Espartero en el poder
Edición digitalizada del original. Imprenta de Domingo Ruíz. Logroño
(sin fecha). h. 1840.
-
Crónica de la provincia de Logroño de
Gimenez Romera, Waldo. Madrid, 1867.
-
Documentos
-
Otras fuentes
- Notas
-
↑
Algunos biógrafos hablan de nueve hermanos.
-
↑
El destino primero de Espartero es discutido. En unos casos se
habla de Ciudad Real y en otros directamente de Sevilla, desde donde
acudió hacia el centro de la península en las primeras operaciones en
las que participó.
-
↑
El fracaso en Ocaña le llevó a afirmar a Espartero: Aquél día
prinipié a ser hombre.
-
↑
La formación de unidades y batallones por parte de las
universidades fue algo habitual. Las denominaciones usadas fueron
varias. En cualquier caso se trataba de nutrir a un ejército en retirada
de hombres capaces con cierta formación para ascender después. Estos
grupos se disolvieron en las academias creadas más tarde por la Junta
Central.
-
↑
En la hoja de servicios de Espartero figura su participación en algunas
acciones de no excesiva importancia. Las calificaciones académicas que
obtuvo fueron corrientes, excepto en táctica, donde destacó con
"sobresaliente".
-
↑
La Conferencia de Salta sigue provocando diferencias en el
análisis de los historiadores. Los comisionados regios, Antonio Luis
Pereira y Luis de la Robla, habían alcanzado un acuerdo en Buenos Aires
que incluía una importante autonomía en materia económica y comercial.
Trasladar el acuerdo al Perú era su misión, pero La Serna, tras sus
victorias, no estaba dispuesto a realizar concesiones. De hecho no quiso
acudir a Salta personalmente, enviando a Espartero con la expresa
directriz de no ceder. El argumento en favor de La Serna es que dio por
supuesto que el Rey desconocía la situación que se daba en aquellos
momentos en el Perú -no se habían recibido instrucciones de Madrid desde
1821-, y que obraba conforme a los intereses de la Corona. La posición
crítica destaca que la actitud de La Serna fue un enfrentamiento directo
con la Corona y ayudó indirectamente a fortalecer las aspiraciones
independentistas. En cualquier caso, Espartero no fue censurado por su
labor en este caso, sino al contrario, alabado tiempo después.
-
↑
Las razones que llevaron a Espartero a levantar a la tropa tras
fortificar en los altos de Descarga, son discutidas. Para unos
historiadores, Espartero conocía que Oñate estaba tomado por un fuerte
contingente carlista y, tras analizar la situación, prefirió el
repliegue a Vergara, pero el batallón Navarra, que cerraba la operación,
se desmoronó ante el ataque carlista, contagiando el pavor al resto de
las unidades. Para otros, Espartero no recibió noticias -así fue
efectivamente- de los generales Valdés y Oráa y evaluó como muy posible
que hubieran sido derrotados en su marcha por Zumalacárregui, por lo que
decidió retirarse. En cualquier caso, ni las tropas en Oñate eran muy
numerosas, ni Valdés y Oráa se habían enfrentado todavía con los
carlistas.
-
↑
La Reina Isabel quiso atraerse a Espartero y nombró a su esposa, dama de
compañía.
-
↑
El control de los Ayuntamientos era fundamental en la política nacional.
Con un sistema electoral censitario y caciquil, el control de los
municipios permitía el control del voto ciudadano y de la Milicia
Nacional.
-
↑
La presión para una Regencia de tres personas la inició María Cristina
con una solemne declaración. A esa propuesta se unieron algunos miembros
del Partido Progresista y todo el Partido Moderado. La idea era que
fuera compartida por el propio Espartero, Agustín
Argüelles y
Mendizábal. La oposición de Espartero a la
propuesta era frontal. Quería todo el poder o, amenazó, abandonaría la
actividad política. Espartero con toda su influencia en el Ejército y
aclamado por la población, era un peligro mayor conspirando que
gobernando.
-
↑
La caída de Espartero estuvo acompañada de una movilización general del
Partido Moderado para desprestigiar su persona, incluso sus éxitos
militares fueron cuestionados. La reacción progresista no tardó en
producirse al darse cuenta de la popularidad del general, aún exiliado.
Cuantas más críticas con poco fundamento se lanzaban contra él, más
adeptos tenía. Además, el apoyo explícito de Inglaterra a Espartero
condicionaba la propia política nacional muy dependiente de las
potencias francesa y británica.
-
↑
En ese momento Espartero gozaba del beneficio de la leyenda. La
multitud le acompañaba a cuantos sitios acudía y le vitoreaba. Para el
Partido Progresista era su mejor valor, y la Corona conocía los riesgos
de enfrentarse abiertamente con el Duque de la Victoria. Ayudó en la
reconciliación la propia salud de Espartero, más pendiente de gozar de
las lisonjas ajenas que de ejercer de nuevo un papel político en España.
-
↑
Diario de sesiones del Congreso con la elección y
votación de los candidatos. Fue elegido Presidente por 238
votos, de un total de 255 miembros presentes. Obtuvo 4 el Marqués de
Albaida, 3 San Miguel, 2 el Conde de Reus y
Salustiano Olózaga y 1 Galvez Cañero, Infante y Corrado. Las
otras 3 papeletas fueron votos blanco.
-
↑
Tras abandonar definitivamente el gobierno del Bienio
Progresista, Espartero jamás tuvo intención de volver. Cualquiera que se
aproximase a tener noticias, recibir consejo, informarse para una obra
histórica, era bien recibido. El mismo era consciente de que su tiempo
había pasado, pero disfrutaba de la compañía de antiguos compañeros de
armas, diputados liberales, nobles ingleses que pasaban por España
visitándole para recordar los tiempos del exilio en Inglaterra.
Enlaces externos