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Antonio Gramsci (Ales,
Cerdeña, 22 de enero de 1891 - Roma, 27 de abril de 1937) fue un político,
pedagogo, filósofo y teórico marxista italiano.
Biografía
Sus padres fueron Francesco Gramsci (1860-1937) y
Peppina Marcias (1861-1932). Francesco era originario de Gaeta y estudiaba
derecho, pero al morir su padre, coronel de carabineros, debió encontrar
rápido un trabajo y partió para Cerdeña. Corría el año 1881 y se emplearía
en la oficina de registro de Ghilarza. Allí conoce a Peppina, que sólo
había estudiado hasta tercero de primaria y se casan, a pesar de la
oposición de los padres de ella. Durante este período nacieron sus hijos:
Gennaro (1884), Grazietta (1887), Emma (1889) y en el 1891, en Ales,
Antonio, bautizado el 29 de enero.
El año siguiente los Gramsci se mudaron a Sorgono,
donde nacen sus hijos: Mario en 1893, Teresina en 1895 y Carlos en 1897.
Arrestado el 9 de agosto de 1898 con la acusación de peculado, concusión y
falsedad en actos, Francesco Gramsci es condenado el 27 de octubre de 1900
al mínimo de la pena con la atenuante del “leve valor”: 5 años, 8 meses y
22 días de cárcel, para expiar en Gaeta. Privada del sueldo del padre,
para la familia Gramsci son años de extrema miseria. Antonio, por una
caída a los tres años, sufre un traumatismo que le provoca una deformación
en su columna y no crece más: su altura no superará el metro y medio.
Antonio comienza a asistir a la escuela primaria a los
siete años y la concluye en 1903 con el máximo de calificaciones. Sin
embargo, las condiciones de la familia no le permiten inscribirse a la
secundaria y da su pequeña contribución a la economía doméstica trabajando
en la Oficina del Catastro por 9 liras al mes, el equivalente a un kilo de
pan al día. Trabajaba diez horas al día removiendo
«registros que pesaban
más que yo y muchas noches lloraba a escondidas porque me dolía mucho el
cuerpo».
El 31 de enero de 1904 Francesco cumple su condena. Es
rehabilitado y obtendrá un empleo de escribano en la Oficina del Catastro.
Antonio puede inscribirse en la secundaria municipal de Santu Lussurgiu, a
18 kilómetros de Ghilarza, «una pequeña escuela en la cual tres presuntos
profesores regañaban, con caras exageradamente sombrías, durante las cinco
clases».
Con esta preparación aventurada logra graduarse en Oristano y en
el verano de 1908 se inscribe en el liceo de Torri de Cagliari, donde
comparte una pensión junto a su hermano Gennaro, que trabaja en una
fábrica de hielo.
El hermano, después de prestar el servicio militar en
Turín, había regresado a Cerdeña "convertido" en militante socialista.
Así, Antonio puede leer libros, periódicos y opúsculos socialistas, como
también las novelas populares de Carolina Invernizio
y de Antón Giulio
Barrili. También lee a Grazia Deledda pero no la aprecia, considerando que
la visión que la escritora manifestaba era sustancialmente folclorística.
Lee la
Voz
y el
Marzocco,
Giovanni Papini,
Emilio Cecchi y sobre todo a
Benedetto Croce y
Salvemini.
Al fin del segundo año del instituto, pide a su
profesor, director de la Unión Sarda, poder colaborar durante el verano en
el periódico con breves correspondencias y el profesor lo acepta: el 20 de
julio de 1910 recibe la credencial de periodista. El año siguiente se
gradúa del liceo con puros ochos y un nueve en italiano.
Turín
En 1911 el Colegio Carlo Alberto de Turín ofrece 39
becas de estudio, 70 liras al mes por once meses, para poder frecuentar la
Universidad de Turín
«Partí para Turín como si fuese en estado de
sonambulismo. Tenía 55 liras en la bolsa, había gastado 45 para el viaje
en tercera clase de las cien obtenidas en casa».
El 27 de octubre de 1911
concluyó los exámenes: los supera clasificándose en el noveno lugar; al
segundo está un estudiante proveniente de Sassari,
Palmiro Togliatti.
Se inscribe a la facultad de Letras pero las 70 liras
no bastan:
«la preocupación del frío no me permite estudiar porque paseo
en la recámara para calentarme los pies o debo de estar totalmente
cubierto porque no logro sostener la primera helada».
Sus opiniones políticas en aquel tiempo consisten en
una genérica adhesión a ideas socialistas, pero sobre todo, en un fuerte
resentimiento por las injusticias que fueron hechas en Cerdeña, y en
general a todo el mediodía, que él retiene fueron ocasionadas por los
retrasos de las decisiones políticas y económicas hechas por los
continentales.
Está en casa para las elecciones políticas del 26 de
octubre de 1913, Italia en guerra contra Turquía por la conquista de
Libia; votan, por primera vez, hasta los analfabetos, pero la corrupción y
la intimidación electoral son las mismas de las elecciones precedentes.
Angelo Tasca, joven dirigente socialista turinés, amigo y compañero de
estudios de Gramsci, escribe que Antonio
«había sido muy golpeado por la
transformación producida en aquel ambiente de la participación de las
masas campesinas en las elecciones, aunque no supieren y no pudieran
todavía servirse por cuenta ellos de la nueva arma. Fue este espectáculo,
y la meditación de esto, que hizo definitivamente de Gramsci un
socialista ».
En los primeros días de noviembre de 1913, va a habitar
en una buhardilla del último piso del palacio de calle San Máximo 14, hoy
Monumento nacional, debe fecharse en este periodo su inscripción al
partido socialista. Está en retardo con los exámenes, a causa de
«un tipo
de anemia cerebral, que me quita la memoria, que me devasta el cerebro,
que me hace enloquecer hora trás hora, sin que logre encontrar descanso ni
paseando, ni tendido en la cama, ni tendido en el piso arrollándome en
ciertos momentos como un furibundo».
Para no perder el mensual de la
Fundación Albertina logra recuperar diversos exámenes entre marzo y abril
de 1914
Toma lecciones privadas de filosofía con el profesor
Annibale Pastore por lo que escribió luego que
«su orientación era
originalmente crociana [...] quería darse cuenta del proceso formativo de
la cultura a los fines de la revolución [...] como hace el pensar para
actuar [...] como las ideas se vuelven fuerzas prácticas ».
Gramsci
escribirá sobre haber sentido también la necesidad de superar un modo de
vivir y de pensar atrasado, como aquel que era propio de un sardo del
principio de siglo, para apropiarse un modo de vivir y de pensar no más
regional y de aldea, pero nacional» pero también
«de provocar en la clase
obrera la superación de aquel provincialismo al revés de la “pala de
plomo”
[como el Sur era generalmente considerado en el Norte]
que tenía
sus profundas raíces en la tradición reformista y corporativa del
movimiento socialista ».
Frecuenta a los jóvenes compañeros de partido, entre
los cuales se encontraban Tasca,
Togliatti,
Terracini
«salíamos seguido de
las reuniones partido [...] mientras los últimos noctámbulos se detenían a
observarnos…continuábamos nuestras discusiones, mezclándolas de propuestas
feroces, de carcajadas estrepitosas, de galopes en el reino de lo
imposible y del sueño».
En la Italia que ha declarado la propia neutralidad en
la
Primera Guerra
Mundial en curso – neutralidad también afirmada por el
partido socialista – escribe por la primera vez, sobre el periódico
socialista turinés
Il Grido del Popolo, el 31 de octubre de 1914, el
artículo
Neutralidad activa y operante
en respuesta del artículo de
Mussolini
De la neutralidad absoluta a la neutralidad activa y operante,
sin comprender, sin embargo, en que momento político crucial el importante
y popular exponente socialista se propusiese entonces
Sostiene el 13 de Abril de 1915 aquel que será su
último examen en la Universidad; Italia entra en guerra y Gramsci siente,
como nunca antes, la necesidad de un compromiso político directo y asiduo.
Actividad Periodística
Desde los primeros meses de 1916, en plena guerra
mundial, es uno de los tres redactores del semanario de la Sección
socialista turinés
El Grito del Pueblo
y de la hoja turinesa del
Avanti!
bajo la sección Bajo la Mole; publica breves panfletos y
de crítica teatral. Más tarde dirá haber escrito, en diez años de
periodismo, «quince o veinte volúmenes de 400 páginas, pero escritas al
día y debían morir después del día»
y se jactará de haber contribuido a
hacer popular el teatro de Pirandello,
entonces incomprendido o escarnecido. Se libera del aislamiento de su vida
de estudiante pobre y huraño visitando obreros, teniendo algunas
conferencias en los círculos socialistas y escribe por sí mismo el número
único del periódico de los jóvenes socialistas
La Cittá futura, publicado el 11 de febrero de 1917.
Aquí muestra su intransigencia política, su ironía,
hasta en contra de los socialistas reformistas, el fastidio hacia cada
expresión retórica pero también su formación idealista, sus deudas
culturales en las confrontaciones de Croce, superiores hasta a aquellos
debidos a Marx
«En aquel tiempo»
- escribirá –
«el concepto de unidad de
teoría y práctica, de filosofía y política, no estaba claro en mí y yo era
por tendencia Crociano».
En marzo del 1917 el zar de Rusia es derribado y viene
instaurado un moderado gobierno liberal; las noticias llegan parciales y
confusas, pero el 29 de abril escribe que la
«la revolución rusa es…un
acto proletario y que ella naturalmente debe desembocar en un régimen
socialista
y en mayo sostiene que
Lenin
«ha
suscitado energías que jamás morirán. Él y sus compañeros bolcheviques
están persuadidos que es posible en todo momento realizar el socialismo».
El 25 de agosto de 1917 Turín se alza espontáneamente
contra la guerra y el hambre, la represión militar causa más de cincuenta
muertos y centenares de heridos y la ciudad es declarada zona de guerra,
los dirigentes socialistas son arrestados en masa y la dirección de la
Sección socialista viene asumida por un comité de doce personas, del cual
forma parte Gramsci.
Los
bolcheviques toman el poder en Rusia el 7 de noviembre pero durante
semanas a Europa llegan solo noticias confusas, hasta qué el 24 de
noviembre la edición nacional del
Avanti!
publica una
editorial con el título La Revolución
contra el capital, firmado por Gramsci.
«La revolución de los bolcheviques es la revolución
contra el Capital
de
Carlos Marx.
El Capital [...]
era la demostración crítica de la fatal necesidad que en
Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se
instaurase una ciudadanía de tipo occidental
[...]
si los bolcheviques
reniegan algunas afirmaciones del Capital, no reniegan el pensamiento
inmanente, vivificador
[...]
viven el pensamiento marxista, aquel que no
muere nunca
[...] que en
Marx
se había contaminado de incrustaciones
positivistas y naturalistas».
También en Italia las dificultades de la guerra y el
eco de la revolución Rusa llevan a sublevaciones espontáneas duramente
reprimidas por el orden constituido; la revuelta por el pan de Turín de
septiembre de 1917 desencadenan una dura reacción: 50 muertos y más de 200
heridos, declaraciones de Turín como zona de guerra y la consiguiente
aplicación de la ley marcial, arrestos a cadena que golpean no solo
aquellos que habían participado en el levantamiento, sino que también a
los elementos políticos de la oposición (y señaladamente al entero núcleo
de la fracción socialista) con la acusación de instigación a la
revolución.
Después de los arrestos efectuados en Turín, Gramsci,
viene a ser el único redactor de
el Grito del Pueblo
que cesa de
publicarse el 19 de octubre de 1918. Terminada la guerra, Gramsci trabaja
únicamente a la edición piamontesa del
Avanti!
desde el 5 de diciembre
pero los jóvenes socialistas turineses, Gramsci, Tasca,
Togliatti y
Terracini intentan expresar, después de la revolución rusa, nuevas
exigencias en la actividad política socialista, que no sienten
representadas en la Dirección Nacional:
«Queríamos hacer, hacer, hacer,
nos sentíamos angustiados, sin una orientación, hastiados en la ardiente
vida de aquellos meses después del armisticio, cuando parecía inmediato el
cataclismo de la sociedad italiana».
El primero de mayo de 1919 se publicó
el primer número de
Orden Nuevo
con Gramsci como secretario de redacción y
animador de la Revista,
L'Ordine nuovo
La línea política de la revista, después de un camino
incierto, se define sobre posiciones netamente obreras. De hecho, si la
democracia burguesa tiene su punto de apoyo institucional en el Parlamento
la democracia proletaria asigna a los consejos de fábrica esta posición
democrática necesaria para el nacimiento del nuevo orden. De aquí surgen
las batallas para la introducción y la difusión de estos consejos, la
proximidad con los sentimientos y las opiniones de los obreros, la crítica
al partido socialista (partido para los proletarios, pero no del
proletariado) completamente homologado a la lógica del poder burgués y por
eso mismo incapaz de expresar una alternativa política real.
Los Consejos de Fábrica
Fundó junto a
Angelo Tasca,
Palmiro Togliatti y
Umberto
Terracini el diario
L'Ordine Nuovo
(reseña semanal de cultura
socialista) en 1919 y colaboró en la revista
La Città Futura.
Participa en el movimiento de los consejos de fábrica de Turín
(1919-1920).
La revista y los obreros
Los obreros amaron el semanario porqué
«los artículos
no eran frías arquitecturas intelectuales, pero desobstruían nuestra
discusión con los mejores obreros, creaban sentimientos, voluntad,
pasiones reales de la clase obrera turinés
[...]
eran casi un prenderé atto de sucesos reales».
La Praxis
Apoya la huelga de Abril de 1920, la ocupación de las
fábricas del septiembre siguiente y la frustrada huelga de abril de 1921 y
polemiza contra la dirección del partido socialista, tanto contra los
maximalistas que contra los reformistas, indica un programa que sacude la
explicita aprobación de
Lenin al II Congreso de la
III Internacional
comunista que pide la expulsión del partido de los reformista y de algunos
maximalistas
La Fundación del Partido
Comunista de Italia (PCI)
La resolución de la Internacional comunista que pedía a
los partidos socialistas el alejamiento de los reformistas y más en
general de los gradualistas (de aquellos que pretendían la toma del poder
político por la vía democrática electoral para efectuar las reformas
sociales) fue desoída por el Partido Socialista Italiano. De hecho a
despecho de la aprobación del aval obtenido por los
ordinovisti
por parte
de Lenin en el curso del II
Congreso de la Internacional (organización a la cual el PSI había decidido
de adherirse con el congreso de Bolonia en octubre de 1919) los vértices
del PSI estaban en las manos de dirigentes formados en el viejo estado
liberal, incapaces de comprender el momento crucial político-social de la
posguerra.
En este sentido el fracaso de muchos obreros de agosto
a septiembre de 1920 (no comprendido y por tanto duramente contrariado
tanto por los dirigentes del Partido Socialista Italiano como por los
vértices de la Confederación General del Trabajo), en este sentido el
aislamiento de los
ordinovistas
del partido, y la escisión a la
izquierda preparada en un congreso de facción en noviembre de 1920 en
Imola.
La escisión tiene lugar el 21 de enero de 1921, en el
Teatro San Marco de Livorno, con el nacimiento del Partido Comunista de
Italia (PCI), sección italiana de la Internacional. En el comité central
entran dos ordinovistas, Gramsci y Terracini, mientras el Ejecutivo está
conformado por Amadeo Bordiga,
Bruno Fortichiari, Luigi Repossi,
Ruggiero
Greco y Umberto Terracini Desde el primero de enero de 1921 Gramsci dirige
L’Ordine Nuovo, que se había
convertido en uno de los diarios comunistas junto a
Il Lavoratore
de Trieste e
Il Comunista
de Roma, este último
dirigido por
Togliatti. La línea del partido es dictada por
Bordiga, con
el cual Gramsci no comparte sus posiciones sectarias, sin embargo, no tomó
contra tales posiciones una explícita confrontación. En la dirección del
periódico mira con respeto las posiciones de los católicos de izquierda de
la corriente de Guido Miglioli del Partido Popular, no tolera las
tradicionales posiciones anticlericales del movimiento socialista, y
confía al liberal Piero Gobetti la crítica teatral. No es electo diputado
en las elecciones del 15 de mayo: no tiene capacidades oratorias, todavía
es joven y tampoco su constitución física le facilita la apreciación de
muchos electores.
Pesa, además, el abstencionismo
bordiguiano
que (en
contraste con las mismas teorías leninistas de utilizar el parlamento para
meter a nudo el carácter mistificador de las instituciones
representativas) en nombre de una presunta pureza política no solo no
quiere participar en la formación de la representación y a la vida
parlamentaria del estado burgués pero evita la asunción de directas
responsabilidades operativas, relegando en tal modo al partido en un
sustancial inmovilismo con el efecto de desorientar a las masas.
Agotado el empuje revolucionario en los escenarios
europeos se plantea una reacción política para enfrentar lo que sería
necesario: que los partidos socialistas y comunistas hagan un frente
común, pero Bordiga está en contra de todo acuerdo, también en contraste
con la dirección de la Internacional, en el segundo congreso nacional
comunista de Roma en marzo de 1922, una vez más Gramsci, pese a discrepar
privadamente, no se expresa contra las posiciones de la mayoría
bordiguiana.
Al fin de mayo parte rumbo a Moscú, designado para
representar al partido italiano en el ejecutivo de la Internacional
comunista. Llega ya enfermo y en el verano se recupera en un sanatorio
para enfermedades nerviosas de Moscú. Aquí conoce a una dirigente rusa,
Eugenia Schucht, una violinista que había vivido algunos años en Italia y,
a través de ella, a su hermana Julia (1894-1980), también ella violinista,
que había permanecido varios años en Roma graduándose en el Liceo musical
romano. Julia, de veintiséis años, es bella, alta, tiene un aspecto
romántico; Gramsci es conquistado: recordará el
«primer día que
[...]
no
me atrevía entrar en tu habitación porque me habías intimidado [...]
al
día que partiste a pie y yo te acompañé a pie hasta la gran calle a lo
ancho del bosque y me quede tanto tiempo detenido para verte alejarte
sola, con tu carga de transeúnte, por la gran calle, hacía el mundo enorme
y terrible
[...]
he pensado mucho en ti, que entraste en mi vida y me
diste el amor y eso que siempre me había faltado y que me hacía malo y
opaco.
Se casan en 1923 y tendrán dos hijos, Delio, el cinco
de septiembre de 1924 y Juliano, el 30 de agosto de 1926.
De frente al advenimiento al poder de
Mussolini, la
Internacional establece que los comunistas italianos se fundan con la
corriente socialista de los internacionalistas y ordenan la constitución
de un nuevo ejecutivo, metiendo en minoría a Bordiga, todavía contrario a
todo acuerdo. Pero, mientras tanto, en Italia, son arrestados en febrero
de 1923, tanto Bordiga como los representantes del nuevo ejecutivo.
Gramsci permanece así como el máximo dirigente del partido y en noviembre
se transfiere a Viena para seguir de más cerca la situación italiana.
Diputado del parlamento
Es electo diputado en las elecciones del 6 de abril y
puede volver a entrar en Roma, protegido de la inmunidad parlamentaria, el
12 de mayo de 1924. En el mismo mes, en los alrededores de Como, se
realiza una convención ilegal de los dirigentes de las federaciones
comunistas italianas: los delegados se fingen dependientes de una empresa
milanesa turística en excursión. Con todos los discursos públicos
fascistas e himnos a Mussolini, discuten la táctica del partido y la línea
de Bordiga, aunque excluida del Ejecutivo, resulta todavía mayoritaria.
El 10 de junio un grupo fascista rapta y mata al
diputado socialista Giacomo Matteotti, parece que el fascismo está por
derrumbarse por la indagación moral que en aquellos tiempos atraviesa el
país, pero no es así; la oposición parlamentaria escoge la línea estéril
de abandonar el Parlamento: los liberales esperan un apoyo de la Corona
que no viene, los católicos son hostiles tanto con los fascista como con
los socialistas y éstos últimos son hostiles a todos, comunistas
incluidos; la oposición del Aventino, según Gramsci, no tiene voluntad de
actuar: tiene un
«miedo increíble que nosotros tomamos de la mano y luego
maniobra para obligarnos a abandonar la reunión ».
A pesar de las divisiones de la oposición antifascista,
Gramsci cree que la caída del régimen era inminente: el fascismo
«ha
logrado constituir una organización de masa de la pequeña burguesía. Es la
primera vez en la historia que esto se verifica. La originalidad del
fascismo consiste en el haber encontrado la forma adecuada de organización
para una clase social que ha sido siempre incapaz de tener una buena
relación y una ideología adecuada»
Pero, según él,
«las clases medias que
habían puesto en el fascismo todas sus esperanzas fueron arrolladas
[...]
El Partido fascista no logrará jamás volverse un partido normal de
gobierno, Mussolini no posee del estadista y del dictador algunas cosas
más que algunas pintorescas poses exteriores; él no es un elemento de la
vida nacional, es un fenómeno del folclor campirano, destinado a pasar a
la historia en el orden de las diversas máscaras provinciales italianas,
más que en el orden de los Cromwell, de los Bolívar, de los Garibaldi».
Se engaña, porque la inercia de la oposición no es
capaz de dar alternativas a aquel bloque social y los fascistas retoman
valor y sobre todo las violencias grupales; en una de las tantas muestras
violentas es agredido Gobetti; cuando, el 13 de septiembre, el militante
comunista Giovanni Corbi, para vengar la muerte de
Matteotti, mata en un
tren al diputado fascista Armando Casalini, la represión se incrementa.
El 20 de octubre Gramsci propone vanamente que la
oposición aventiniana se constituya en Antiparlamento, el 26 parte para
Cerdeña, para intervenir en el congreso regional del partido y para volver
a ver a sus familiares. El 6 de noviembre se despide de su madre, sin
saber que jamás la volvería a ver.
El 12 de noviembre de 1924 el diputado comunista
Luigi
Repossi vuelve a entrar en el Parlamento, donde se sientan solo los
diputados fascistas y sus aliados, para conmemorar a Matteoti, y el 26
vuelve a entrar todo el grupo parlamentario comunista
El 27 de diciembre de 1924 el cotidiano
Il Mondo
publica las declaraciones de Cesare Rossi, ya jefe de la oficina de
correos de Mussolini, a propósito del delito Matteoti
«Todo cuanto ha
sucedido ha ocurrido siempre por la voluntad directa o por la aprobación o
por la complicidad del Duce »
y el 3 de enero de 1925 Mussolini, en un
discurso que se hizo famoso, declara en la Cámara que asumía
«la
responsabilidad política, moral, histórica de todo aquello que había
ocurrido», dando camino a una nueva acción de represión.
De febrero a abril de 1925 Gramsci se encuentra en
Moscú para conocer finalmente al hijo Delio y volver a encontrarse con su
esposa. El 26 de mayo, en Italia, realiza su primer –y único discurso en
el parlamento, delante del ex compañero de partido Mussolini, con el
pretexto de golpear la Masonería, el gobierno había predispuesto un diseño
de ley para disciplinar las actividades de asociaciones, entes e
institutos: según Gramsci
«con esta ley ustedes esperan impedir el
desarrollo de grandes organizaciones obreras y campesinas
[...]
ustedes
pueden conquistar al estado, pueden modificar los códigos, pueden tratar
de impedir a las organizaciones de existir con la forma bajo la cual han
existido hasta ahora, pero no podrán prevalecer sobre las condiciones
objetivas con la cuál están obligados a moverse. Ustedes no harán otra
cosa que obligar al proletariado a buscar un camino diferente
[...]
las
fuerzas revolucionarias italianas no se dejaran aplastar, vuestro turbio
sueño no llegará a realizarse».
El Congreso de Lyon
Del 20 al 26 de enero de 1926 se desarrolla
clandestinamente en Lyon el III Congreso del Partido donde la mayoría que
tiene como líder a Gramsci presenta sus tesis congresionales.
Con un capitalismo débil y la agricultura como base de
la economía nacional, en Italia permanece el compromiso entre industriales
del norte y propietarios inmobiliarios del sur, perpetuándose los daños de
la mayoría. El proletariado, en cuanto fuerza social homogénea y
organizada respecto a la pequeña burguesía urbana y rural, que tiene
intereses diferenciados, viene visto, en sus tesis, como el único elemento
que tenga una función unificadora de toda la sociedad.
Según Gramsci el fascismo no es, como sostiene
Bordiga,
la expresión de toda la clase dominante sino que es el producto político
de la burguesía urbana y agraria que ha entregado el poder a la alta
burguesía, y su tendencia imperialista es la expresión de la necesidad, de
parte de las clases industriales y agrarias «de encontrar fuera del campo
nacional los elementos para la solución de la crisis de la sociedad
italiana»
que sin embargo permite, por su naturaleza opresora y
reaccionaria, una solución revolucionaria de las contradicciones sociales
y políticas, las dos fuerzas sociales idóneas para dar lugar a esta
solución están el proletariado del norte y los campesinos del mediodía.
Para alcanzar este fin, el partido será bolchevizado, es decir, organizado
por células de fábrica y disciplinado negando en su interior la
posibilidad de la existencia de las fracciones.
El congreso aprueba las tesis por mayoría absoluta y
elige al Comité General con Gramsci como secretario del Partido.
La Cuestión Meridional
Cuando regresa a Roma, pasa algunos meses con la
familia. Su esposa, que espera al segundo hijo Giuliano, deja Italia el 7
de agosto de 1926, mientras la cuñada Eugenia regresa a Moscú el mes
siguiente con el hijo Delio; Gramsci escribe del hijo que
«me parece que
ahora inicia para él una fase muy importante, aquella donde deja los
recuerdos más tenaces, porque durante su desarrollo se conquista el mundo
grande y terrible». Pero no será jamás parte de los recuerdos del hijo,
éste no lo verá más.
En septiembre comienza a escribir un ensayo sobre la
cuestión meridional, en la cual analiza los años del desarrollo político
italiano desde 1894, año de los movimientos campesinos sicilianos, seguido
de la insurrección de Milán de 1896, reprimida a cañonazos por el
gobierno. Según Gramsci, la burguesía italiana, personificada
políticamente por Giovanni Giolitti, de frente a la intolerancia de las
clases marginadas de los campesinos meridionales y de los obreros del
norte, más bien que alearse con las fuerzas agrarias, cosa que habría
debido comportar una política de libre cambio y de bajos precios
industriales, escoge el bloque industrial – obrero, con un consiguiente
proteccionismo aduanal unido a concesión de libertades sindicales.
De frente a la persistencia de la oposición obrera, se
manifiesta también contra los dirigentes socialistas reformistas,
Giolitti
buscó un acuerdo con los campesinos católicos del centro-norte. El
problema es entonces, para Gramsci, una política de oposición que rompa la
alianza burguesa-campesina, haciendo convergir a estos últimos en una
alianza con la clase obrera.
La sociedad meridional, según Gramsci, está constituida
por tres clases fundamentales: jornaleros y campesinos pobres,
políticamente inconscientes; pequeños y medios campesinos que no trabajan
la tierra pero que de las cuales obtienen una renta que les permite vivir
en la ciudad, normalmente como empleados estatales, los cuales desprecian
y temen al trabajador de la tierra y hacen de intermediarios al consenso
entre campesinos pobres y la tercera clase, aquella de los grandes
terratenientes, que a su vez contribuyen a la formación de la
intelectualidad nacional, con personalidad del valor de
Benedetto Croce y
de Giustino Fortunato y son, aquellos, los principales y más refinados
defensores de la conservación de este bloque agrario.
Para poder despedazar este bloque se necesitaría de la
formación de una clase de intelectuales medios que interrumpan el flujo
del consenso entre las dos clases extremas favoreciendo así la alianza
entre campesinos pobres el y proletariado urbano.
El Arresto, el proceso y la
cárcel
Escribe una carta al comité central del partido
bolchevique en el cual, después de la muerte de
Lenin, inició una lucha
entre las diversas corrientes: «hoy ustedes están destruyendo vuestra
propia obra y corren el riesgo de anular la función dirigente que el
partido comunista de la URSS había conquistado
[...]
vuestros deberes
rusos pueden y deben ser llevados a cabo sólo en el cuadro de los
intereses del proletariado internacional». Pero Togliatti, delegado del
PCI en Moscú, prefiere no entregar la carta. Esto creo un conflicto entre
Gramsci y Togliatti que nunca se resolvió en su totalidad.
El 31 de octubre de 1926 Mussolini sufre en Bolonia un
atentado sin consecuencias personales, que viene usado como pretexto para
eliminar los últimos residuos de democracia: el 5 de noviembre el gobierno
disuelve los partidos políticos de oposición y suprime la libertad de
prensa. El 8 de noviembre, en violación de la inmunidad parlamentaria,
Gramsci es arrestado en su casa y encerrado en la cárcel de Regina Coeli.
Después de un periodo confinamiento en Ustica, el 7 de febrero de 1927 es
encerrado en la cárcel milanesa San Vitore
El proceso a veintidós imputados comunistas, entre los
cuales incluían a Umberto Terracini,
Mauro Scoccimarro, Giovanni Roveda
y
Ezio Riboldi, inicia en Roma el 28 de mayo de 1928; el presidente del
Tribunal Especial Fascista, instituido el 7 de febrero de 1927, es el
general Alessandro Saporiti y tiene por jurados cinco cónsules de la
milicia fascista. Gramsci es acusado de actividad conspirativa,
instigación a la guerra civil, apología de rato e incitación al odio de
clase.
El ministerio público
Michele Isgró, en conclusión de
su requisitoria, declara que
«por veinte años debemos impedir a este
cerebro funcionar»
y de hecho Gramsci, el 4 de junio, es condenado a
veinte años, cuatro meses y cinco días de reclusión; el 19 de julio
alcanza la cárcel de Turi, en provincia de Bari
El 8 de febrero de 1929 obtiene finalmente lo necesario
para escribir e inicia la escritura de sus
Quaderni del carcere. Desde
1931 Gramsci sufre una grave enfermedad, el morbo de Pott, además de
principios de tuberculosis y de arteriosclerosis, y puede obtener una
celda individual, busca de reaccionar a la detención estudiando y
elaborando reflexiones propias políticas, filosóficas e históricas, sin
embargo las condiciones de salud empeoran y en agosto Gramsci tiene una
imprevista y grave hemorragia.
El 30 de diciembre de 1932 muere la madre y los
familiares prefieren no informarle. El 7 de marzo de 1933 tiene una
segunda crisis grave, con alucinaciones y delirios: En París se constituye
un comité, del cual forman parte, ente otros, Romaní Rolland y
Henri Barbusse, para obtener su liberación junto con la de otros detenidos
políticos, pero sólo hasta el 19 de noviembre Gramsci es transferido a la
enfermería de la cárcel de Civitavecchia y luego el 7 de diciembre, en la
clínica del doctor Cusumano en Formia, vigilado tanto en la recamara como
al externo.
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Antonio
Gramsci |
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El 25 de octubre de 1934 viene acogida por Mussolini la
petición de libertad condicional pero no es libre de sus movimientos, en
tanto que se le impide ir a curarse a otro lugar, pues el gobierno temía
una fuga; solo el 24 de agosto de 1935 puede ser transferido en la clínica
“Quisisana” de Roma. Está en graves condiciones: además del morbo de Pott,
a la tisis y a la arteriosclerosis, sufre de hipertensión y de gota.
El 21 de abril de 1937 Gramsci adquiere la plena
libertad pero está ya gravísimo en el hospital: muere al alba del 27 de
abril, con apenas cuarenta y seis años, de hemorragia cerebral. Cremado,
el día siguiente se efectúan los funerales, a los cuales participan sólo
el hermano Carlos y la cuñada Tatiana: Las cenizas fueron inhumadas en el
cementerio del verano y de aquí transferidas al cementerio acattolico de
Roma.
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Obras
Los 32
Cuadernos de cárcel, de complejas 2,848 páginas,
no fueron destinadas para ser publicadas, contienen reflexiones y apuntes
elaborados durante su reclusión, iniciados el 8 de febrero de 1929, fueron
definitivamente interrumpidas en agosto de 1935 a causa de la gravedad de
su salud. Fueron enumerados, sin tener en cuenta su cronología, por su
cuñada Tatiana Schucht que, junto con
Piero Sraffa, logró sustraerlos de
las inspecciones policíacas y entregarlas al banquero
Raffaele Mattioli,
secreto financiador de las redacciones de Gramsci, el cual las confió en
Moscú a Palmiro Togliatti y a los otros dirigentes comunistas italianos.
Después del final de la guerra los Cuadernos, revisados
por Felice Platone, fueron publicados por la casa editora Einaudi – unidas
a sus Cartas de cárcel remitidas a los familiares – en seis volúmenes,
ordenados por argumentos homogéneos, con los títulos:
-
El materialismo Histórico y la filosofía de Benedetto
Croce
(1948)
-
Los intelectuales y la organización de la cultura
(1949)
-
El Risorgimento
(1949)
-
Notas sobre Maquíavelo, sobre la política y sobre el
Estado moderno (1949)
-
Literatura y vida nacional (1950)
-
Pasado y Presente (1951)
En 1975 los Cuadernos fueron publicados con edición de
Valentino Gerratana según el orden cronológico de su elaboración. Fueron
recogidos en volumen también todos los artículos escritos por Gramsci en
el Avanti!, en el
Grido del popolo y en el
Ordine nuovo.
Contribuciones
En prisión escribió 30 libretas de historia y análisis
conocidos como Los cuadernos de la cárcel
(Quaderni del carcere),
que incluyen su recuento de la historia italiana y el nacionalismo, así
como ideas sobre teoría marxista, teoría educativa y de crítica.
Hegemonía / bloque
hegemónico
Se le conoce principalmente por la elaboración del
concepto de hegemonía y bloque hegemónico, así como por el énfasis que
puso en el estudio de los aspectos culturales de la sociedad (la llamada
superestructura en el marxismo clásico) como elemento desde el cual se
podía realizar una acción política y como una de las formas de crear y
reproducir la hegemonía.
Conocido en algunos espacios como el
marxista de las
superestructuras, Gramsci atribuyó un
papel central al agenciamiento infraestructura (base real de la sociedad,
que incluye: fuerzas de producción y relaciones sociales de
producción)/superestructura ("ideología", constituida por las
instituciones, sistemas de ideas, doctrinas y creencias de una sociedad),
a partir del concepto de
bloque
hegemónico.
Según ese concepto, el poder de las clases dominantes
sobre el proletariado y todas las clases sometidas en el modo de
producción capitalista, no está dado simplemente por el control de los
aparatos represivos del Estado, pues si así lo fuera dicho poder sería
relativamente fácil de derrocar (bastaría oponerle una fuerza armada
equivalente o superior que trabajara para el proletariado); dicho poder
está dado fundamentalmente por la "hegemonía" cultural que las clases
dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control
del sistema educativo, de las
instituciones religiosas y de los
medios de
comunicación. A través de estos medios, las clases dominantes "educan" a
los dominados para que estos vivan su sometimiento y la supremacía de las
primeras como algo natural y conveniente, inhibiendo así su potencialidad
revolucionaria. Así, por ejemplo, en nombre de la "nación" o de la
"patria", las clases dominantes generan en el pueblo el sentimiento de
identidad con aquellas, de unión sagrada con los explotadores, en contra
de un enemigo exterior y en favor de un supuesto "destino nacional". Se
conforma así un "bloque hegemónico" que amalgama a todas las clases
sociales en torno a un proyecto burgués.
La hegemonía es el concepto que permite comprender el
desarrollo de la historia italiana y del
Risorgimento particularmente, que
habría podido asumir un carácter revolucionario si hubiese adquirido el
apoyo de vastas masas populares, en particular de los campesinos, que
constituían la mayoría de la población. El límite de la revolución
burguesa en Italia consistió en no ser guiada por un partido jacobino,
como en Francia, donde el campesinado, apoyando la revolución, fue
decisivo para la derrota de las fuerzas de la reacción aristocrática.
El partido político más avanzado fue el Partido de
Acción, el partido de Manzini y
Garibaldi, que no tuvo sin embargo la
capacidad de plantear el problema de la alianza de las fuerzas burguesas
progresistas con el campesinado: Garibaldi en Sicilia distribuyó las
tierras a los campesinos, pero los movimientos de insurrección de los
campesinos contra los barones fueron despiadadamente aplastados y fue
creada la guardia nacional anticampesina.
Si el Partido de Acción fue un elemento progresista en
las luchas del Risorgimento, no representó la fuerza dirigente, porque fue
guiado por los moderados, tanto que los
cavourianos
supieron meterse a la
cabeza de la revolución burguesa, absorbiendo tanto a los radicales como a
sus adversarios. Esto sucede porque los moderados cavourianos tuvieron una
relación orgánica con sus intelectuales, como con sus políticos,
terratenientes y dirigentes industriales. Las masas populares fueron
pasivas en la realización del compromiso entre los capitalistas del norte
y los latifundistas del sur.
La supremacía de un grupo social se manifiesta en dos
modos, como dominio y como dirección intelectual y moral. Un grupo social
es dominante de los grupos adversarios que tiende a liquidar o a someter
hasta con la fuerza armada y es dirigente de grupos afines y aleados. Un
grupo social puede y debe ser dirigente desde antes de conquistar el poder
gubernamental (ésta es una de las condiciones principales para la misma
conquista del poder); después, cuando ejercita el poder… se vuelve
dominante pero debe continuar siendo dirigente.
La función de Piamonte en el proceso del Risorgimento
fue aquella de clase dirigente, aunque existían en Italia núcleos de clase
dirigente favorables a la unificación,
estos núcleos no querían
dirigir nada, o sea no querían acordar sus intereses y aspiraciones con
los intereses y aspiraciones de otros grupos. Querían dominar, no dirigir
y todavía: querían que sus intereses dominaran, no sus propias personas,
es decir, querían que una fuerza nueva, independiente de todo compromiso y
condición, se volviese árbitra de la Nación: esta fuerza fue Piamonte,
que tuvo una función comparable a la de un partido.
Este hecho es de la
máxima importancia para el concepto de revolución pasiva, pues no fue un
grupo social el dirigente de otros grupos, sino un estado, sea pues
limitado como potencia, sea el dirigente del grupo que debería ser
dirigente y pueda poner a disposición de éste un ejército y una fuerza
político-diplomática…
Es uno de los casos
en los cuales se tiene la función de dominio y no de dirigencia de estos
grupos, dictadura sin hegemonía
Las Clases subalternas
La hegemonía es, por lo tanto, el ejercicio de las
funciones de dirección intelectual y moral unida a aquella del dominio del
poder político. El problema para Gramsci está en comprender como puede el
proletariado o en general una clase dominada, subalterna, volverse clase
dirigente y ejercitar el poder político, a convertirse en una clase
hegemónica.
Las clases subalternas – subproletariado, proletariado
urbano, rural y también la pequeña burguesía – no están unificadas y su
unificación ocurre solo cuando
se convierten en Estado, cuando llegan a
dirigir al Estado, de otra forma desarrollan una función discontinua y
disgregada en la historia de la sociedad civil de los estados singulares.
Su tendencia a la unificación
es despedazada continuamente
por la iniciativa de los grupos dominantes
de los cuales ellas
sufren siempre
la iniciativa, aún cuando se rebelen y se insurreccionen.
La hegemonía es ejercitada unificando un bloque social
– creando entonces la alianza política de un conglomerado de clases
sociales diferentes, formado, en Italia, por industriales, terratenientes,
clases medias, parte pequeña de la burguesía – que por sí misma no es
homogénea, siendo de cualquier forma atravesado por intereses divergentes
– mediante una política, una cultura y una ideología o un sistema de
ideologías que impidan que los contrastes de intereses, permanentes hasta
cuando sean latentes, explotan probando desde el principio la crisis de la
ideología dominante y luego una consiguiente crisis política desde el
interior del sistema de poder.
La crisis de la hegemonía se manifiesta cuando, aunque
manteniendo el propio dominio, las clases sociales políticamente
dominantes no logren más ser dirigentes de todas las clases sociales, o
sea no logren resolver los problemas de toda la colectividad y a imponer a
toda la sociedad la propia compleja concepción del mundo. La clase social
subalterna si logra indicar concretas soluciones a los problemas dejados
irresueltos se vuelve dirigente e, incrementando su propia cosmovisión
también a otros estratos sociales, crea un nuevo bloque social,
volviéndose hegemónico. El momento revolucionario se vuelve inicialmente,
según Gramsci, a nivel de superestructura, en sentido marxista, es decir,
político, cultural, ideal, moral, pero traspasa a la sociedad en su
complejidad, embistiendo hasta su estructura económica, o sea embistiendo
a todo el bloque histórico, término que para Gramsci indica el
conglomerado de la estructura y de la superestructura, las relaciones
sociales de producción y sus reflejos ideológicos.
En Italia, el ejercicio de la hegemonía de las clases
dominantes es y ha sido parcial: entre las fuerzas que contribuyen a la
conservación del bloque social están la Iglesia católica, que se bate para
mantener la unión doctrinal en modo de evitar entre los fieles fracturas
irremediables que sin embargo existen y que aquélla no está en grado de
subsanar, pero solo de controlar:
La Iglesia romana ha sido
siempre la más tenaz en a lucha para impedir que oficialmente se formen
dos religiones, aquella de los intelectuales y aquella de las almas
simples,
una lucha que si bien, ha tenido también graves consecuencias, conectadas
al proceso histórico que
transforma toda la sociedad civil y que en bloque contiene una crítica
corrosiva de las religiones, ha sin embargo
hecho resaltar
la capacitad organizadora en la esfera de la cultura del clero que ha dado
ciertas satisfacciones
a las exigencias de la ciencia y de la filosofía, pero con un rimo tan
lento y metódico que las mutaciones no son percibidas por la masa de los
simples, aunque ellas parezcan revolucionarias y demagógicas a los
integralistas.
Tampoco la cultura de sello idealista, al tiempo de
Gramsci, dominante y ejercitada por las escuelas filosóficas crocianas y
gentilianas, no ha
sabido crear una unidad
ideológica entre el bajo y el alto, entre los simples y los intelectuales, tanto que esta cultura,
aunque considerando la religión una mitología, no ha ni siquiera
intentado construir una
concepción que pudiese sustituir la religión en la educación infantil, y estos pedagogos, aunque sin ser religiosos, ni
confidenciales y ateos,
conceden la enseñanza de la
religión porque la religión es la filosofía de la infancia de la
humanidad, que se renueva en cada infancia no metafórica.
También la cultura laica
dominante
utiliza pues la religión, porque no se pone el problema de elevar a las
clases populares al nivel de aquél dominante pero, al contrario, quiere
mantenerla en una posición subalterna.
Conciencia de Clase
Opuesta a la de la Iglesia y del idealismo italiano
está la posición del marxismo, que
no tiende a mantener los
simples en su filosofía primitiva del sentido común, sino conducirlos a
una concepción superior de la vida. Esto afirma la exigencia del contacto entre aquellos
hombres que cumplen la función social de intelectuales y aquellos que no,
para construir un bloque intelectual y moral que haga políticamente
posible un progreso intelectual de masa y no solo de escasos grupos
intelectuales.
El hombre activo – o sea la clase obrera, - escribe
Gramsci, no
tiene una clara conciencia teórica de su forma de obrar… su conciencia
teórica hasta puede estar en contraste con su forma de obrar;
él obra prácticamente y en el mismo tiempo tiene una conciencia teórica
heredada del pasado, acogida por lo más en un modo acrítico. La real
comprensión crítica de sí mismo ocurre
a través de una
lucha de hegemonías políticas, de direcciones contrastantes, primero en el
campo de la ética, luego de la política para llegar a una elaboración
superior de la propia concepción real. La conciencia política, es decir el ser parte
de una determinante fuerza hegemónica,
es la primera fase para una
ulterior y progresiva autoconciencia donde teoría y práctica finalmente se
unen.
Pero autoconcienca crítica significa creación de una
elite de intelectuales, porque para distinguirse y hacerse independientes
se necesita organización, y no existe tal sin intelectuales,
un estado de personas especializadas en la
elaboración conceptual y filosófica.
El Partido Político
Maquiavelo ya indicaba que en los modernos Estados
unitarios europeos la experiencia que Italia habría de hacer propia para
superar la dramática crisis emergida de las guerras que devastaron la
península desde finales del siglo XV. El príncipe de Maquiavelo
no existía en la realidad
histórica, no se presentaba al pueblo italiano con caracteres de
inmediatez objetiva, pero era una pura abstracción doctrinaria, el símbolo
del jefe, del condotiero ideal; pero los elementos pasionales, míticos… se
reasumen y se convierten vivos en la conclusión, en la invocación de un
príncipe realmente existente.
En los tiempos de
Maquiavelo Italia no tuvo una
monarquía absoluta que unificase la nación, por qué, según Gramsci, en la
disolución de la burguesía comunal se creó una situación interna
económico-corporativa, políticamente
la peor de las
formas de sociedad feudal, la forma menos progresiva y más estancada;
faltó siempre, y no podía constituirse, una fuerza jacobina eficiente, la
fuerza precisa que en las otras naciones ha suscitado y organizado la
voluntad colectiva nacional-popular y ha fundado los estados modernos.
A esta fuerza progresiva se opuso en Italia la
burguesía rural, herencia
del parasitismo dejado en los tiempos modernos por la derrota, como clase,
de la burguesía comunal. Las fuerzas
progresivas son los grupos sociales urbanos con un determinado nivel de
cultura política, pero no será posible la formación de una voluntad
colectiva nacional-popular, si las grandes masas de campesinos
trabajadores no irrumpen simultáneamente en la vida política.
Eso entendía Maquiavelo a través de la reforma de
la milicia, eso hicieron los jabinos en la Revolución Francesa;
Comprendiendo esto se identifica un jacobinismo precoz en Maquiavelo....
Modernamente, el Príncipe invocado por
Maquiavelo
no
puede ser un individuo real, concreto, sino un organismo y
este organismo está ya
dado por el desarrollo histórico y es el partido político: la primera
célula en la cual se reasumen los germenes de voluntad colectiva que
tienden a volverse universales y totales; el partido es el
organizador de una reforma intelectual y moral, que concretamente se
manifiesta con un programa de reforma económica, volviéndose así
la base de un laicismo
moderno y de una completa laicización de toda la vida y de todas las
relaciones de costumbre.
Para que un partido exista, y se vuelva históricamente
necesario, deben confluir en él tres elementos fundamentales:
-
Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya
participación sea ofrecida por la disciplina y por la fidelidad, no por
el espíritu creativo y altamente organizativo... ellos son una fuerza en
cuanto hay quien los centraliza, organiza, disciplina, pero en ausencia
de esta fuerza cohesiva se esparcirían y se anularían en un polvillo
impotente....
-
El elemento cohesivo principal... dotado de fuerza
altamente cohesiva, centralizadora y disciplinadora y también, más bien
tal vez por esto, inventiva ... con sólo este elemento no formarían un
partido, sin embargo lo formarían más que el primer elemento
considerado. Se habla de capitanes sin ejército, pero en realidad es más
fácil formar un ejército que a los capitanes.
-
Un elemento medio, que articule el primer con
el segundo elemento, que los meta en contacto, no sólo física, pero
moral e intelectualmente...
Los Intelectuales
Para Gramsci, todos los hombres son intelectuales,
considerando que no hay actividad humana de la cual se pueda excluir de
toda intervención intelectual, no se puede separar al homo faber del homo sapiens en cuanto, independientemente de su profesión específica, cada
quien es a su modo
un filosofo, un artista, un
hombre de gusto, participa de una concepción del mundo, tiene una
consciente línea moral pero no
todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales.
Históricamente se forman categorías particulares de
intelectuales,
especialmente en conexión con los grupos sociales más importantes y sufren
elaboraciones más extensas y complejas en conexión con el grupo social
dominante. Un grupo social que tiende a la hegemonía
lucha
por la asimilación y la
conquista ideológica de los intelectuales tradicionales... tanto más
rápida y eficaz cuanto más el grupo dado elabora simultáneamente los
propios intelectuales orgánicos.
El intelectual tradicional es el literato, el filósofo,
el artista y por eso, nota Gramsci,
los periodistas, que retienen
ser literatos, filósofos, artistas retienen también ser los verdaderos
intelectuales, mientras modernamente es la formación técnica la que sirve
para formar la base del nuevo tipo de intelectuales, un constructor,
organizador, persuasor, que debe llegar
de la técnica-trabajo a la técnica-ciencia y a la concepción
humano-histórica, sin la cual permanece especialista y no se vuelve
dirigente. El grupo social emergente, que
lucha por conquistar la hegemonía política, tiende a conquistar la propia
ideología intelectual tradicional mientras, al mismo tiempo, forma sus
propios intelectuales orgánicos.
La organicidad del intelectual se mide con la mayor o
menor conexión que mantiene con el grupo social al cual se refiere: ellos
operan, tanto en la sociedad civil – el conjunto de los organismos
privados en los cuales se debaten y se difunden las ideologías necesarias
para la adquisición del consenso que aparentemente surge espontáneamente
de las grandes masas de la población a las decisiones del grupo social
dominante – que en la sociedad política o estado, donde se ejercita el
dominio directo o de mando
que se expresa en el Estado y en el gobierno jurídico. Los intelectuales son algo así como
los apostadores del grupo dominante para el
ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del
gobierno político.
Como el Estado, en la sociedad política, tiene a
unificar a los intelectuales tradicionales, con aquellos orgánicos, así en
la sociedad civil y el partido político, todavía más completa y
orgánicamente que el Estado, elabora
los propios componentes,
elementos de un grupo social nacido y desarrollado como económico, hasta
convertirlos en intelectuales políticos calificados, dirigentes,
organizadores de todas las actividades y las funciones inherentes al
desarrollo orgánico de una sociedad integral, civil y política.
Los intelectuales y la
educación
Gramsci estudió extensamente el papel de los
intelectuales en la sociedad. Afirmó por un lado que todos los hombres son
intelectuales, en tanto que todos tenemos facultades intelectuales y
racionales, pero al mismo tiempo consideraba que no todos los hombres
juegan socialmente el papel de intelectuales. Según Gramsci, los
intelectuales modernos no son simplemente escritores, sino directores y
organizadores involucrados en las tarea práctica de construir la sociedad.
También distinguía entre la
intelligentsia
tradicional, que se ve a sí misma (erróneamente) como una clase aparte de
la sociedad, y los grupos de pensadores que cada clase social produce
'orgánicamente' de sus propias filas. Dichos intelectuales 'orgánicos' no
se limitan a describir la vida social de acuerdo a reglas científicas,
sino más bien 'expresan', mediante el lenguaje de la cultura, las
experiencias y el sentir que las masas no pueden articular por sí mismas.
La necesidad de crear una cultura obrera se relaciona con el llamado de
Gramsci por una educación capaz de desarrollar intelectuales obreros, que
compartan la pasión de las masas. Su sistema educativo puede ser definido
dentro del ámbito de la pedagogía crítica y la educación popular teorizado
y practicado más contemporáneamente por el brasileño
Paulo Freire.
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Fotografía policial de Antonio
Gramsci |
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Literatura Nacional Popular
Si los intelectuales pueden ser mediadores de cultura y
de consenso hacia los grupos sociales, una clase políticamente emergente
debe valerse de intelectuales orgánicos, para la valoración de sus valores
culturales, hasta poder imponerlos a la sociedad entera.
Estando siempre ligados a las clases dominantes,
obteniendo seguido honores y prestigio, los intelectuales italianos no se
pueden sentir nunca orgánicos, siempre han rechazado, en nombre de su
abstracto cosmopolitismo, cada vínculo con el pueblo, del cual no han
querido nunca reconocer las exigencias ni interpretar las necesidades
culturales.
Desde el siglo XIX en Europa se ha asistido a un
florecimiento de la literatura popular, desde los romances de apéndice de
Sue o de Ponson du Terrail, a
Alejandro Dumas, a los cuentos policíacos
ingleses y americanos, con mayor dignidad artística, a las obras de
Chesterton y de Dickens, a aquellas de
Víctor Hugo, de Zola
y de
Balzac,
hasta las obras maestras de Dostoievski y de
Tolstoi. Nada de esto ha
ocurrido en Italia: Aquí la literatura no se ha difundido y no ha sido
popular, por la carencia de
un bloque nacional
intelectual y moral al
grado que el
elemento intelectual indígena es más extranjero que los extranjeros de
frente al pueblo-nación.
El público italiano busca su literatura en el
extranjero porque la siente más suya que aquella nacional: es ésta la
demostración del desapego, que hay en Italia, entre público y escritores.
Cada pueblo tiene su
literatura, pero ella puede llegar desde otro pueblo... puede estar
subordinado a la hegemonía intelectual y moral de otros pueblos. Es esta
la paradoja más estridente para muchas tendencias monopólicas de carácter
nacionalista y represivo: que mientras se construyen planos grandiosos de
hegemonía, no se dan cuenta de ser objeto de hegemonías extranjeras; así
como, mientras se hacen planos imperialistas, en realidad se es objeto de
otros imperialismos.
Permanecieron famosas las notas de Gramsci sobre
Manzoni: el escritor más competente, más estudiado en las escuelas y en
teoría el más popular, es una demostración del carácter no
nacional-popular de la literatura italiana.
El carácter aristocrático del
catolicismo manzoniano aparece en la compasión chistosa hacia las figuras
de hombres del pueblo (eso que no aparece en Tolstoi), como Fra Galdino
(en confrontación con fra Cristoforo), el sastre, Renzo, Agnese, Perpetua,
la misma Lucía... los pueblerinos, para Manzoni, no tienen vita interior,
no tienen personalidad moral profunda, ellos son animales y Manzoni el
benévolo hacia ellos, justamente como la benevolencia de una sociedad
católica de protección de animales.... nada del espíritu popular de
Tolstoi, es decir, del espíritu evangélico del cristianismo primitivo.
La postura de Manzoni hacia sus pueblerinos es la
postura de la Iglesia Católica hacia el pueblo: de condescendiente
benevolencia, no de inmediatez humana... ve con ojo severo todo el pueblo,
mientras ve con ojo severo la mayoría de aquellos que no son pueblo, él
encuentra magnanimidad, otros pensamientos, grandes sentimientos, solo en
algunos de la clase alta, en ninguno del pueblo... no hay pueblerino que
no sea burlado y ridiculizado... Vida interior tienen solo los señores:
fra Cristoforo, el Borromeo, el Innominado, el mismo Don Rodrigo... La
importancia que tiene la frase de Lucia en la turbación de la conciencia
del Innominado, y en el secundar la crisis moral, es de carácter no
iluminante y fulgurante como la aportación del pueblo, fuente de vida
moral y religiosa en Tolstoi, pero mecánico y de carácter silogistico...
Su postura hacia el pueblo no es popular-nacional, sino aristocrática.
Una clase que mueva a la conquista de la hegemonía no
puede no crear una nueva cultura, que es ella misma expresión de una nueva
vida moral, un nuevo modo de ver y representar la realidad; naturalmente,
no se crean artificialmente artistas que interpreten este nuevo mundo
cultural, pero
un nuevo grupo social que entra en la vida histórica con postura
hegemónica, con una seguridad de sí que antes no tenía, no puede no
suscitar desde su seno personalidad que antes no hubiera encontrado una
fuerza suficiente para expresarse plenamente.... En tanto, en la creación
de una nueva cultura, es parte la crítica de la cultura literaria
presente, y Gramsci ve en la crítica desarrollada por
Francesco De Sanctis
un ejemplo privilegiado:
La crítica de De Sanctis es
militante, no frigidamente estética, es la crítica de un periodo de luchas
culturales, de contrastes entre concepciones de la vida antagonistas. La
análisis del contenido, la crítica de la estructura de las obras, es
decir, de la coherencia lógica e histórica actual de las masas de
sentimientos representados artísticamente, están vinculados a esta lucha
cultural: justamente en eso parece que consista la profunda humanidad y el
humanismo, de De Sanctis... que tiene firmes convencimientos morales y
políticos y no los esconde...”
Para Gramsci, una crítica literaria debe fusionar, como
De Sanctis hizo, la crítica estética con la lucha por una cultura nueva,
criticando la costumbre, los sentimientos y las ideologías expresadas en
la historia de la literatura, individualizando las raíces en la sociedad
en los cuales los escritores se encuentran para operar. No por casualidad,
Gramsci proyecta en su cuadernos un ensayo que intitula
los sobrinitos de padre Bresciani:
Antonio Bresciani
(1798-1862), jesuita, fundador de la revista
La Cultura Católica, fue un escritor de novelas populares de
impronta reaccionaria; uno de ellos,
El hebreo de Verona, fue reprimido en
un célebre ensayo de De Sanctis. Los sobrinitos del padre Bresciani son
los intelectuales y los literatos contemporáneos portadores de una
ideología reaccionaria.
Entre los
sobrinitos
Gramsci individualiza, además a muchos escritores ya olvidados, Antonio
Beltramelli, Ugo Ojetti, Alfredo Panzini, Goffredo Bellonci, Massimo
Bontempelli, Umberto Fracchia, Adelchi Baratono (el agnosticismo del Baratono no es otra cosa que bellaquería
moral y civil... Baratono teoriza solo la propia impotencia estética y
filosófica y la propia conejería),
Riccardo Bacchelli (en Bachelli hay
mucho brescianismo, no solo socio-político, pero también literario: la
Ronfa fue una manifestación de jesuismo artístico),
Salvatore Gotta, Giuseppe Ungaretti; escribe que
la vieja generación de intelectuales ha
fracasado (Papini, Prezzolini, Soffici, etc.) pero ha tenido una juventud.
La generación actual no tiene, ni siquiera esta edad de las brillantes
promesas Titta Rosa, Angioletti, Malaparte, etc.). Asnos brutos desde
pequeños.
La Crítica a Croce
Pariente del filósofo neo-hegeliano
Bertrando Spaventa,
alumno del hermano de éste, Silvio Benedetto Croce llega al idealismo, a
través del marxismo de Antonio Labriola, al fin del siglo XIX, en el
momento en el cual, en Europa, se afirma el revisionismo del marxismo por
obra de la corriente socialdemócrata alemana guiada por
Eduard Bernstein y
desde aquí, al revisionismo socialista italiano de Bissolati y
Turati.
Para Gramsci,
Croce, que nunca ha sido socialista,
otorga a la burguesía italiana los instrumentos culturales más refinados
para delimitar los límites entre los intelectuales y la cultura italiana,
por una parte, y el movimiento obrero y socialista por la otra.
Croce combate el marxismo tratando de negar la valides
del elemento que él señala como decisivo: el referente a la economía;
El
Capital de
Marx sería para él una obra de moral y no de ciencia, un
intento de demostrar que la sociedad capitalista es inmoral, diferente de
la comunista, en la cual se realizaría la moralidad plena humana y social.
La carencia de cientificidad de la obra maestra de
Marx estaría demostrada
por el concepto de plusvalía: para Croce, solo desde un punto de vista
moral se puede hablar de plusvalía, respecto al valor, legítimo concepto
económico.
Esta crítica de
Croce es, para Gramsci, un simple
sofisma: el plusvalía es ese mismo valor, es la diferencia entre el valor
de las mercancías producidas por el trabajador y el valor de la fuerza de
trabajo del trabajador mismo. La teoría del valor de
Marx se deriva
directamente de la del economista inglés David Ricardo, cuya teoría del
valor-trabajo «no levantó ningún escándalo cuando fue expresada, porque
entonces no representaba ningún peligro, aparecía sólo, como era, una
constatación puramente objetiva y científica. El valor polémico y de
educación moral y política, sin perder nunca su objetividad, debía
adquirirla sólo con la Economía Crítica [El Capital]»
Si la filosofía crociana se presenta como historicismo,
osea, para Croce la realidad es historia y todo lo que existe es
necesariamente histórico, pero, conforme a la naturaleza idealista de su
filosofía, la historia es la historia del espíritu y por lo tanto es
historia de abstracciones, es historia de la libertad, de la cultura, del
progreso, es una historia especulativa, no es la historia concreta de las
naciones y de las clases.
«La historia especulativa puede ser considerada como un
retroceso, en formas literarias hechas con más astucia y menos ingenuas,
que el desarrollo de la capacidad crítica, con formas de historia en
descrédito, como vacíos y retóricos y registrados en diversos libros del
mismo Croce. La historia ético-política, en cuanto prescinde del concepto
de bloque histórico [unión de estructura y supraestructura en sentido
marxista], en cuyo contenido económico-social y forma ético-política se
identifican concretamente en la reconstrucción de varios periodos
históricos, no se trata de nada más que de una presentación polémica de
razonamientos más o menos interesantes, pero no es historia.
En las ciencias naturales eso equivaldría a un retorno
a las clasificaciones según el color de piel, de las plumas, del pelo de
los animales, y no según la estructura anatómica [...] en la historia de
los hombres [...] el color de la piel hace bloque con su estructura
anatómica y con todas las funciones fisiológicas; no se puede pensar en un
individuo desollado como el verdadero individuo, pero ni siquiera el
individuo deshuesado y sin esqueleto [...] la historia de Croce representa
figuras deshuesadas, sin esqueleto, de carnes flácidas, incluso abajo de
los coloretes literarios del escritor».
La operación conservadora del
Croce histórico hace
pareja con aquella del Croce filósofo: si la dialéctica del idealista
Hegel era una dialéctica de los contrarios – un desarrollo de la historia
que procede por contradicciones – la dialéctica crociana es una dialéctica
de los distintos: conmutar la contradicción en distinción significa operar
una atenuación si no una anulación de los contrastes que en la historia, y
en las sociedades se presentan. Para Gramsci, tal operación se manifiesta
en las obras históricas de Croce: su Historia de Europa, iniciando desde
1815 y cortando el período de la
Revolución Francesa
y el imperio
napoleónico, «no es otra cosa que un fragmento de historia, el aspecto
pasivo de la gran revolución que se inició en Francia en 1789, desembocó
en el resto de Europa con las armadas republicanas y napoleónicas, dando
un potente empujón a los viejos regímenes y determinando no el derrumbe
inmediato como en Francia, pero la corrosión reformista que duró hasta
1870».
Del mismo modo, su Historia de Italia desde 1871 a 1915
«prescinde del momento de la lucha, del momento en el cual se elaboran,
reúnen y disponen las fuerzas en contraste [...]
en el cual un sistema
ético-político se disuelve y otro se elabora [...]
en el cual un sistema
de relaciones sociales se desconecta y decae y otro sistema surge y se
afirma, en cambio Croce asume plácidamente como historia el momento de la
expansión cultural o ético-político».
Materialismo Histórico
Gramsci, desde los años universitarios, fue un decidido
opositor de aquella concepción fatalista y positivista del marxismo,
presente en el viejo partido socialista, para la cual el capitalismo
necesariamente estaba destinado a caer, dando lugar a una sociedad
socialista. Esta concepción enmascaraba la impotencia política del partido
de la clase subalterna, incapaz de tomar la iniciativa para la conquista
de la hegemonía.
Aunque el manual del bolchevique ruso
Nikolai Bucharin,
editado en 1921, La teoría del materialismo histórico, manual popular de
sociología, se coloca en el mismo filón. «La sociología fue un intento de
crear un método de la ciencia histórico-política, en dependencia de un
sistema filosófico ya elaborado, el positivismo evolucionista... se
convirtió en la filosofía de nuestros filósofos, un intento de describir y
clasificar esquemáticamente los hechos históricos, según criterios
construidos sobre el modelo de las ciencias naturales. La Sociología es
pues un intento de recavar experimentalmente las leyes de evolución de la
sociedad humana en modo de prever el advenimiento con la misma certeza con
el cual se preve que de una bellota se desarrollará una encina. El
evolucionismo vulgar está a la base de la sociología que no puede conocer
el principio dialéctico con el pasaje de la cantidad a la calidad, pasaje
que turba cada evolución y cada ley de uniformidad entendida en sentido
vulgarmente evolucionista».
La comprensión de la realidad como desarrollo de la
historia humana solo es posible utilizando la dialéctica marxista,
excluida en el manual de
Bucharin, porque ella recoge tanto el sentido de
las viviendas humanas tanto como su provisoriedad, su historicidad
precisamente, determinada de la praxis, de la acción política, que
transforma las sociedades.
La dialéctica es pues instrumento de investigación
histórica, que supera la visión naturalista y mecanicista de la realidad,
es unión de teoría y praxis, de conocimiento y acción. La dialéctica es
«doctrina del conocimiento y sustancia medular de la historiografía y de
la ciencia de la política»
y puede ser comprendía solo concibiendo el
marxismo «como una filosofía integral y original que inicia una nueva fase
de la historia y en el desarrollo mundial en cuanto supera (y superando
incluye en sí los elementos vitales) sea el idealismo que el materialismo
tradicionales expresión de viejas sociedades. Si la filosofía de la praxis
[el marxismo] no está pensada como subordinada a otra filosofía, no se
puede concebir la nueva dialéctica, en la cual precisamente aquella
superación se efectúa y se expresa».
El viejo materialismo es metafísico, para el sentido
común la realidad es objetiva, independiente del sujeto, existente
independientemente del hombre, es un obvio axioma, confortado por la
afirmación de la religión por la cual el mundo, creado por Dios, se
encuentra ya dado de frente a nosotros. Pero para Gramsci, son excluidos
los idealismos berkelianos y
gentilianos, también es rechazada
«la
concepción de la realidad objetiva del mundo externo en su forma más
trivial y acrítica» desde el momento que
«a esta puede ser opuesta la
objeción del misticismo». Si nosotros conocemos la realidad en cuanto
hombres, y siendo nosotros mismos un devenir histórica, también la
conciencia y la realidad son un devenir.
Como podría de hecho existir una objetividad extra
histórica y extrahumana y quien juzgará tal objetividad? «La formulación
de Engels que la unidad del mundo consiste en la materialidad demostrada
por el largo y laborioso desarrollo de la filosofía de las ciencias
naturales contiene precisamente el germen de la concepción justa, porque
se recurre a la historia y al hombre para demostrar la realidad objetiva.
Objetivo significa siempre humana objetivo, es decir, que puede
corresponder exactamente a históricamente objetivo [...]. El hombre conoce
objetivamente en cuanto el conocimiento es real para todo el género humano
históricamente unificado en un sistema cultural unitario, pero esto
proceso de unificación histórica ocurre con la desaparición de las
contradicciones internas que despedazan la sociedad humana,
contradicciones que son la condición de la formación de los grupos y del
nacimiento de las ideologías [...]. Hay pues una lucha por la objetividad
(para librarse de las ideologías parciales y falaces) y esta lucha es la
misma lucha para la unificación cultural del género humano».
El estado y la sociedad
civil
La teoría de la hegemonía de Gramsci está ligada a su
concepción del estado capitalista, que según afirma, controla mediante la
fuerza y el consentimiento. El estado no debe ser entendido en el sentido
estrecho de gobierno. Gramsci más bien lo divide entre la 'sociedad
política', que es la arena de las instituciones políticas y el control
legal constitucional, y la 'sociedad civil', que se ve comúnmente como una
esfera 'privada' o 'no-estatal', y que incluye a la economía. La primera
es el ámbito de fuerza y la segunda el de consentimiento.
Sin embargo, Gramsci aclara que la división es
meramente conceptual y que las dos pueden mezclarse en la práctica. Gramsci afirma que bajo el capitalismo moderno, la burguesía puede
mantener su control económico permitiendo que la esfera política satisfaga
ciertas demandas de los sindicatos y de los partidos políticos de masas de
la sociedad civil. Así, la burguesía lleva a cabo una 'revolución pasiva',
al ir más allá de sus intereses económicos y permitir que algunas formas
de su hegemonía se vean alteradas. Gramsci ponía como ejemplos de esto a
movimientos como el reformismo y el fascismo, así como a la
'administración científica' y los métodos de la línea de ensamblado de
Frederick Taylor y Henry Ford.
Siguiendo la línea de
Maquiavelo, argumenta que el
'Príncipe moderno' -el partido revolucionario- es la fuerza que permitirá
que la clase obrera desarrolle intelectuales orgánicos y una hegemonía
alternativa dentro de la sociedad civil. Para Gramsci, la naturaleza
compleja de la sociedad civil moderna implica que la única táctica capaz
de minar la hegemonía de la burguesía y llevar al socialismo es una
'guerra de posiciones' (análoga a la guerra de trincheras); la 'guerra en
movimiento' (o ataque frontal) llevado a cabo por los bolcheviques fue una
estrategia más apropiada a la sociedad civil 'primordial' existente en la
Rusia Zarista.
A pesar de su afirmación de que la frontera entre las
dos es borrosa, Gramsci alerta contra la adoración al estado que resulta
de identificar a la sociedad política con la sociedad civil, como en el
caso de los jacobinos y los fascistas. Él cree que la tarea histórica del
proletariado es crear una 'sociedad regulada' y define al 'estado que
tiende a desaparecer' como el pleno desarrollo de la capacidad de la
sociedad civil para regularse a sí misma.
Historicismo
Gramsci, al igual que el joven
Marx, era asiduo
proponente del historicismo. Desde su perspectiva, todo significado se
deriva de la relación entre la actividad práctica (o 'praxis') y de los
procesos sociales e históricos 'objetivos' de los que formamos parte. Las
ideas no pueden ser entendidas fuera del contexto histórico y social,
aparte de su función y origen. Los conceptos con los cuales organizamos
nuestro conocimiento del mundo no derivan primordialmente de nuestra
relación a las cosas, sino de las relaciones sociales entre los usuarios
de estos conceptos. El resultado es que no hay tal cosa como una
'naturaleza humana' que no cambia, sino una mera idea de ésta que cambia
históricamente. Además, la filosofía y la ciencia no 'reflejan' una
realidad independiente del hombre, sino que son 'verdad' en tanto que
expresan el proceso de desarrollo real de una situación histórica
determinada. La mayoría de los marxistas sostienen la opinión de sentido
común de que la verdad es la verdad sin importar cuando y donde se les
plantee, y que el conocimiento científico (que incluye al marxismo) se
acumula históricamente como el progreso de la verdad en este sentido
cotidiano, y por lo tanto no pertenecía al dominio ilusorio de la
superestructura. Para Gramsci, sin embargo, el marxismo era 'verdadero' en
el sentido pragmático social, en que, al articular la conciencia de clase
del proletariado, expresa la 'verdad' de su época mejor que ninguna otra
teoría. Esta posición anti-científica y anti-positivista se debía a la
influencia de Benedetto Croce, probablemente el intelectual italiano más
ampliamente respetado de su época. Aunque Gramsci repudia esta
posibilidad, su descripción histórica de la verdad ha sido criticada como
una forma de relativismo.
Crítica del Economicismo
En un famoso artículo escrito antes de su
encarcelamiento titulado 'La Revolución contra
El
Capital
', Gramsci afirma que la revolución bolchevique
representaba una revolución contra el libro clásico de
Karl Marx,
considerado la guía básica de la socialdemocracia y el movimiento obrero
antes de 1917. Iba en contra de varias premisas al efectuarse una
revolución socialista en un país atrasado como Rusia que no reunía la
condiciones económicas y sociales que se consideraban indispensables para
el tránsito al socialismo. El principio de la primordialidad de las
relaciones de producción, decía, era una malinterpretación del marxismo.
Tanto los cambios económicos como los cambios culturales son expresiones
de un 'proceso histórico básico', y es difícil decir qué esfera tiene más
importancia. La creencia fatalista, común entre el movimiento obrero en
sus primeros años, de que triunfaría inevitablemente debido a 'leyes
históricas', era, para Gramsci, el producto de circunstancias de una clase
oprimida restringida principalmente a la acción defensiva, y sería
abandonada como un obstáculo una vez que la clase obrera pudiera tomar la
iniciativa. La 'filosofía de la praxis' (un eufemismo de marxismo que
usaba para eludir a los censores de la prisión) no puede confiar en 'leyes
históricas' invisibles como los agentes del cambio social. La historia
está definida por la praxis humana y por lo tanto incluye el albedrío
humano. Sin embargo, el poder de la voluntad no puede lograr nada que
quiera en una situación determinada: cuando la consciencia de la clase
obrera alcance el nivel de desarrollo necesario para la revolución, las
circunstancias históricas que se encuentren serán tales que no se puedan
alterar arbitrariamente.
Como quiera, no se puede predeterminar por
inevitabilidad histórica cuál de los muchos posibles desarrollos tomará
lugar.
Crítica del Materialismo
Con su creencia de que la historia humana y la 'praxis'
colectiva determinan si una cuestión filosófica es relevante o no, Gramsci
se opone al materialismo metafísico y 'copia' la teoría de la percepción
desarrollada por
Engels y
Lenin,
aunque no lo afirma explícitamente.
Para Gramsci, el marxismo no lidia con una realidad que
existe por sí misma, independiente de la humanidad. El concepto de un
universo objetivo fuera de la historia humana y fuera de la práctica
humana era para él análogo a la creencia en un dios. La historia natural
es sólo relevante en relación a la historia humana. El materialismo
filosófico, como el 'sentido común' primitivo, resultan de una falta de
pensamiento crítico, y no se puede afirmar, como lo hacía Lenin, que se
contrapone a la superstición religiosa. A pesar de esto, Gramsci se
resigna a la existencia de esta forma 'cruda' de marxismo: es estatus del
proletariado como clase dependiente implica que con frecuencia el
marxismo, como su representación teórica, sólo pueda ser expresado en la
forma de superstición popular y sentido común. Sin embargo, para poder
desafiar de manera efectiva las ideologías de las clases educadas, y para
esto los marxistas deben presentar su filosofía de forma más sofisticada,
y tratar de entender genuinamente las opiniones de sus oponentes.
Gramsci da un paso adelante en el terreno
epistemológico al afirmar que
el marxismo también es una
superestructura, lo que quiere decir que no es exactamente la verdad,
sino un punto de vista que, como todo punto de vista puede tener sus
falacias. Al oponerse al realismo epistemológico defendido por los
leninistas, y al positivismo, abre paso a un grado mayor de relativismo
epistemológico, que no constituye para Gramsci una renuncia ética o
política, sino la asunción cabal del carácter provisorio y construido del
conocimiento humano.
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