Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao,
29 de septiembre de 1864 - Salamanca,
31 de diciembre de 1936),
escritor, y filósofo español.
En su obra cultivó gran variedad de géneros literarios, como decía
Ramón Pérez de Ayala:
Con tal originalidad como si se tratase
literalmente de 'géneros', que él cortaba y utilizaba a su antojo.

Banderas de Bilbao y flores rojas y blancas en el homenaje a Miguel
de Unamuno, en la Plaza Unamuno, a unos cien metros de la casa natal
del escritor, en el Casco Viejo de Bilbao
Biografía
Nacido en la calle Ronda del Casco Viejo de Bilbao. Era
el tercer hijo y primer varón, tras María Felisa y María Jesusa, del
matrimonio habido entre el comerciante Félix de Unamuno y su sobrina carnal, Salomé Jugo. Más tarde nacerán Félix, Susana y María Mercedes. A los diez
años, al acabar sus primeros estudios en el colegio de San Nicolás y
disponerse a entrar en el instituto, asiste como testigo al asedio de su
ciudad durante la
Tercera Guerra Carlista
(lo que luego reflejará en su primera novela,
Paz en la guerra)

Universidad de Salamanca, de la que Unamuno fue rector
Estudió
Filosofía y
Letras en la Universidad de Madrid, obteniendo la calificación de Sobresaliente en
1883, a sus diecinueve años. Al año siguiente, se doctora con una tesis
sobre la
lengua vasca: Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de
la raza vasca, en la que anticipa su idea sobre el origen de los vascos
que era contraria a las afirmaciones del
nacionalismo vasco que propugnaba una raza
vasca no contaminada por otras razas.
En 1885
comienza a trabajar en un colegio como profesor de latín y psicología
y publica un artículo titulado Del elemento alienígena en el idioma
vasco y otro costumbrista Guernica, aumentando su colaboración
en 1886 con el Noticiero de Bilbao.
En 1888, se
presentó a la cátedra de psicología, lógica y ética del Instituto de Bilbao
convocadas por la Diputación de Vizcaya, junto con
Sabino Arana y el poeta Resurrección María de Azkue, adjudicándose la plaza éste último.
Polemizó con
Arana, que iniciaba su actividad nacionalista, ya que
consideraba a Unamuno como vasco pero
españolista debido a que
Unamuno, que ya había escrito algunas obras en euskera,
consideraba que ese idioma estaba próximo a desaparecer y que el bilingüismo
no era posible. El vascuence y el castellano son incompatibles dígase lo
que se quiera, y si caben individuos no caben pueblos bilingües. Es éste de
la bilingüidad un estado transitorio
[1]
En 1889
prepara otras oposiciones y viaja a Suiza, Italia y Francia, donde se
celebra la Exposición Universal y se inagura
torre Eiffel.
El
31 de enero de
1891 se casa con Concha Lizárraga, de la que estaba enamorado desde
niño. Pasa los meses invernales dedicado a la preparación de unas
oposiciones para una cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca, la cual obtiene. Con motivo de estas
oposiciones, entabla amistad con el granadino Ángel Ganivet, amistad que se irá intensificando hasta el suicidio de
aquél en 1898.
En 1901 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca.
El 11 de octubre de 1894 ingresa en la Agrupación Socialista de Bilbao y
colabora en el semanario Lucha de clases de esta ciudad, abandonando el
partido socialista en 1897 y sufre una gran depresión personal.
En 1914 el
ministro de Instrucción Pública lo destituye del rectorado por razones
políticas, convirtiéndose Unamuno en mártir de la oposición liberal. En 1920 es elegido
por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Es condenado
a dieciséis años de prisión por injurias al
Rey, pero la sentencia no llegó a cumplirse. En 1921 es
nombrado vicerrector. Sus constantes ataques al rey y al
dictador
Primo de Rivera hacen que éste lo destituya nuevamente y lo destierre a
Fuerteventura en febrero de 1924. El 9 de
julio es indultado, pero él se destierra voluntariamente a Francia;
primero a París
y, al poco tiempo, a Hendaya,
en el
País Vasco francés, hasta el año 1930, año en el
que cae el régimen de
Primo de Rivera. A su vuelta a Salamanca, entró en la
ciudad con un recibimiento apoteósico.
Miguel de Unamuno se presenta candidato a concejal por la
conjunción
republicano-socialista para las elecciones del 12 de abril de 1931,
resultando elegido. Unamuno proclama el 14 de abril la
República en Salamanca. Desde el balcón del ayuntamiento, el filósofo
declara que comienza una nueva era y termina una dinastía que nos ha
empobrecido, envilecido y entontecido. La República le repone en el cargo
de Rector de la Universidad salmantina. Se presenta a las elecciones a
Cortes y es elegido diputado como independiente por la candidatura de la
conjunción republicano-socialista en
Salamanca. Sin embargo, el escritor e intelectual, que en 1931 había
dicho que él había contribuido más que ningún otro español —con su pluma,
con su oposición al rey y al dictador, con su exilio...— al advenimiento de
la República, empieza a desencantarse. En 1933 decide no presentarse a la
reelección. Al año siguiente se jubila de su actividad docente y es nombrado Rector vitalicio, a título honorífico, de la Universidad de Salamanca, que
crea una cátedra con su nombre. En 1935 es nombrado ciudadano de honor de la
República. Fruto de su desencanto, expresa públicamente sus críticas a la
reforma agraria, la política religiosa, la clase política, el gobierno,
Azaña...[1]
.
Al iniciarse la
guerra civil, apoyó inicialmente a los rebeldes. Unamuno
quiso ver en
los militares alzados a un conjunto de
regeneracionistas autoritarios dispuestos a encauzar la deriva del país.
Cuando el 19 de julio la práctica totalidad del consistorio salmantino es
destituida por las nuevas autoridades y sustituida por personas adictas, Unamuno acepta el acta de concejal que le ofrece el nuevo alcalde, el
comandante del Valle. En el verano de 1936 hace un llamamiento a los
intelectuales europeos para que apoyen a los sublevados, declarando que
representaban la defensa de la civilización occidental y de la tradición
cristiana, lo que causa tristeza y horror en el mundo[1]
.
Azaña lo destituye, pero el gobierno de Burgos le repone de nuevo en el
cargo. Sin embargo, el entusiasmo por la sublevación pronto se torna en
desengaño, especialmente ante el cariz que toma la represión en Salamanca.
En sus bolsillos se amontonan las cartas de mujeres de amigos, conocidos y
desconocidos, que le piden que interceda por sus maridos encarcelados,
torturados y fusilados. A finales de julio, sus amigos salmantinos,
Prieto Carrasco, alcalde republicano de Salamanca y José Andrés y Manso, diputado socialista, habían sido asesinados, así
como su alumno predilecto y rector de la
Universidad de Granada, Salvador Vila. En la cárcel se hallaban recluidos sus íntimos amigos el
doctor Filiberto Villalobos y el periodista José Sánchez Gómez, éste a la espera de ser fusilado. Su también amigo,
el pastor de la Iglesia anglicana y masón Atilano Coco, estaba amenazado de muerte y de hecho fue fusilado en
diciembre de 1936. A principios de octubre, Unamuno visitó a
Franco en el
palacio episcopal para suplicar inútilmente clemencia para sus amigos presos[2]
.

Miquel
de Unamuno, salida del Paraninfo de la Universidad de Salamanca, 12 de
octubre de 1936
Unamuno se arrepintió públicamente de su apoyo a la sublevación. Durante
el acto de apertura del curso académico (que concidía con la celebración del Fiesta
de la Raza) el
12 de octubre de 1936, en el
Paraninfo de la Universidad. Varios oradores soltaron los consabidos tópicos
acerca de la "anti-España". Un indignado Unamuno, que había estado tomando
apuntes sin intención de hablar, se puso de pie y pronunció un apasionado
discurso. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la
civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es
sólo una guerra incivil. (...) Vencer no es convencer, y hay que convencer,
sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la
compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España;
pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el
señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis
conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua
española, que no sabéis....
En ese punto, el general
José Millán-Astray (el cual sentía una profunda enemistad por Unamuno,
que le había acusado inopinadamente de corrupción), empezó a gritar:
¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?. Su escolta presentó armas y alguien del
público gritó:¡Viva la muerte!. En lo que, según Ridruejo, fue un
exhibicionismo fríamente calculado,
Millán habló:
¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y
Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio
de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un
frío bisturí!. Se excitó sobremanera hasta tal punto que no
pudo seguir hablando. Resollando, se cuadró mientras se oían gritos de
¡viva España!. Se produjo un silencio mortal y unas miradas
angustiadas se volvieron hacia Unamuno que dijo: Acabo de oír el grito
necrófilo e insensato de ’¡viva la muerte!’. Esto me suena lo mismo que,
¡muera la vida!’. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que
provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con
autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente.
Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue
dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de
que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general
Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un
inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven
como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto
habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general
Míllán Astray
pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca
de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un
superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como
dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado
viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (... ) El
general
Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin
duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...
Furioso, Millán gritó:
¡Muera la inteligencia!. En un intento de
calmar los ánimos, el poeta José María Pemán
exclamó: ¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran
los malos intelectuales!. Unamuno no se amilanó y
concluyó: ¡Éste es el templo de la inteligencia!
¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado
recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi
propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis
sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa
persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en
la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.
La esposa de
Franco, Carmen Polo, toma del brazo a don Miguel y le acompaña a su casa,
rodeados de su guardia personal[3]
lo que evita que el incidente acabe en tragedia. Ese mismo día, la
corporación municipal se reunió de forma secreta y expulsó a
Unamuno. El
proponente, el concejal Rubio Polo,
reclamó su expulsión ... por España,
en fin, apuñalada traidoramente por la pseudo-intelectualidad
liberal-masónica cuya vida y pensamiento [...] sólo en la voluntad de
venganza se mantuvo firme, en todo lo demás fue tornadiza, sinuosa y
oscilante, no tuvo criterio, sino pasiones; no asentó afirmaciones, sino
propuso dudas corrosivas; quiso conciliar lo inconciliable, el Catolicismo y
la Reforma; y fue, añado yo, la envenenadora, la celestina de las
inteligencias y las voluntades vírgenes de varias generaciones de escolares
en Academias, Ateneos y Universidades[4]
. El 22 de octubre,
Franco firma el decreto de destitución de Unamuno como
rector[5]
.
Los últimos días de vida (de octubre a diciembre de 1936) los pasó bajo
arresto domiciliario en su casa, en un estado, en palabras de
Fernando
García de Cortázar de resignada desolación, desesperación y soledad[1]
. A los pocos días, el 20 ó 21 de octubre, en una entrevista mantenida con
el periodista francés Jérôme Tharaud (común y erróneamente atribuida al
escritor Nikos Kazantzakis):
Tan pronto como se produjo el movimiento salvador que acaudilla el
general
Franco, me he unido a él diciendo que lo que hay que salvar en
España es la civilización occidental cristiana y con ella la independencia
nacional, ya que se está aquí, en territorio nacional, ventilando una
guerra internacional. (...) En tanto me iban horrorizando los caracteres
que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel debida a una verdadera
enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con cierto substrato
patológico-corporal. Las inauditas salvajadas de las hordas marxistas,
rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan
el tono no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas,
sino bandas de malhechores degenerados, excriminales natos sin ideología
alguna que van a satisfacer feroces pasiones atávicas sin ideología
alguna. Y la natural reacción a esto toma también muchas veces,
desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror.
España está espantada de si misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al
borde del suicidio moral. Si el miserable gobierno de Madrid no ha podido,
ni ha querido resistir la presión del salvajismo apelado marxista, debemos
tener la esperanza de que el gobierno de Burgos tendrá el valor de
oponerse a aquellos que quieren establecer otro régimen de terror. (...)
Insisto en el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza el
general Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la
independencia nacional, ya que España no debe estar al dictado de Rusia ni
de otra potencia extranjera cualquiera, puesto que aquí se está librando,
en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer
una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos
los españoles para reestablecer la patria que se está ensangrentando,
desangrándose, envenenándose y entonteciéndose. Y para ello impedir que
los reaccionarios se vayan en su reacción más allá de la justicia y hasta
de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se
pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y por
amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos, ni a los
convencidos ni convertidos. Triste cosa sería que el bárbaro, anti-civil e
inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil
e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que
en el fondo son lo mismo.
Y a los pocos días, en esta ocasión sí con
Kazantzakis:
En este momento crítico del dolor de España, sé que tengo que seguir a
los soldados. Son los únicos que nos devolverán el orden. Saben lo que
significa la disciplina y saben como imponerla. No, no me he convertido en
un derechista. No haga usted caso de lo que dice la gente. No he
traicionado la causa de la libertad. Pero es que, por ahora, es totalmente
esencial que el orden sea restaurado. Pero cualquier día me levantaré
-pronto- y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo. No, no soy
fascista ni bolchevique; soy un solitario.
El 21 de noviembre, escribe a Lorenzo Guisso
[1]
:
La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes.
España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra
católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los
hunos y los
hotros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando,
arruinando, envenenando y entonteciendo...
Murió en su domicilio de Salamanca el 31 de diciembre de 1936, de forma
repentina, en el trascurso de la tertulia vespertina que mantenía
regularmente con un par de amigos. A pesar de su virtual reclusión, en su
funeral fue exaltado como un héroe falangista
[2]
. A su muerte, Antonio Machado escribió
[1]
:
Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere
en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo.
Obra
Narrativa
La obra narrativa de
Unamuno, en orden cronológico, es la siguiente:
-
Paz en la guerra (1895), obra en la cual utiliza el contexto de
la tercera guerra carlista (que conoció en su niñez) para plantear la
relación del yo con el mundo, condicionado por el conocimiento de la
muerte;
-
Amor y pedagogía (1902), que une lo cómico y lo trágico en una
reducción a lo absurdo de la sociología positivista;
-
Recuerdos de niñez y mocedad (1908) es una obra autobiográfica.
En ella el autor vasco reflexiona sobre los primeros años de su vida en
Bilbao.
-
Niebla (1914), obra clave de Unamuno, que él caracteriza con el
nombre Nivola para separarla de la supuesta forma fija de la novela.
-
El espejo de la muerte (1913), un libro de cuentos de valor
desigual.
-
En 1917 escribe
Abel Sánchez, donde invierte el tópico bíblico de Caín y Abel para
presentar la anatomía de la envidia;
-
Tulio Montalbán (1920) es una novela corta sobre el problema
íntimo de la derrota de la personalidad verdadera por la imagen pública
del mismo hombre.
-
También en 1920 se publican tres novelas cortas con un prólogo de gran
importancia: Tres novelas ejemplares y un prólogo.
-
La última narración extensa es
La
tía Tula (1921), donde se presenta el anhelo de maternidad ya
esbozado en Amor y pedagogía y en Dos madres.
-
Teresa (1924) es un cuadro narrativo que contiene rimas
becquerianas, logrando en idea y en realidad la recreación de la amada.
-
Cómo se hace una novela (1927) es la autopsia de la novela
unamuniana.
-
En 1930,
Unamuno escribe sus últimas novelas:
San Manuel Bueno, mártir y Don Sandalio, jugador de ajedrez.
Nivola
En la época literaria que rodeaba al autor por entonces, se exigían unos
rígidos patrones de procedimiento a la hora de escribir y publicar una
novela: una temática particular, líneas de tiempo y acción específicas,
convencionalismos sociales... una especie de guión no escrito pero aceptado
por todos. Y esto suponía a Unamuno un
corsé del que pretendería desprenderse de alguna forma, para expresarse en
sus páginas como estimara oportuno. Su solución fue inventar un nuevo género
literario, al que bautizó como nivola, y de esta forma, no podría obtener crítica ninguna en lo
referente a reglas de estética o composición, porque solo debería antender a
las reglas que él mismo hubiese diseñado para su nuevo género. Así lo
expresa en el prólogo de Niebla (1914):
"[...] He oído también contar de un arquitecto arqueólogo que pretendía
derribar una basílica del siglo X, y no restaurarla, sino hacerla de nuevo
como debió haber sido hecha y no como se hizo. Conforme a un plano de
aquella época que pretendía haber encontrado. Conforme al proyecto del
arquitecto del siglo X. ¿Plano? Desconocía que las basílicas se han hecho
a sí mismas saltando por encima de los planos, llevando las manos de los
edificadores. También de una novela, como de una epopeya o de un drama, se
hace un plano; pero luego la novela, la epopeya o el drama se imponen al
que se cree su autor. O se le imponen los agonistas, sus supuestas
criaturas. Así se impusieron Luzbel y Satanás, primero, y Adán y Eva,
después, a Jehová. ¡Y ésta sí que es nivola, u opopeya o
trigedia! Así se me impuso Augusto Pérez. Y esta trigedia la vio,
cuando apareció esta mi obra, entre sus críticos, Alejandro Plana, mi buen
amigo catalán. Los demás se atuvieron, por pereza mental, a mi diabólica
invención de la nivola. Esta ocurrencia de llamarle nivola –ocurrencia que
en rigor no es mía, como lo cuento en el texto– fue otra ingenua zorrería
para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que
así sea. Es decir, que así se llame, pues aquí ser es llamarse. ¿Qué es
eso de que ha pasado la época de las novelas? ¿O de los poemas épicos?
Mientras vivan las novelas pasadas vivirá y revivirá la novela. La
historia es resoñarla."
Filosofía
La filosofía de Unamuno no fue una filosofía
sistemática, sino una negación de cualquier sistema y una afirmación de fe
en sí misma. Se formó
intelectualmente bajo el racionalismo y el positivismo. Durante la época de su juventud, escribió artículos en los
cuales se apreciaba claramente su simpatía por el
socialismo, y tenía una gran preocupación por la situación en la que se
encontraba España.
La influencia de algunos filósofos como Adolf von Harnack provocó el rechazo de Unamuno por el
racionalismo. Tal
abandono queda de manifiesto en su obra
San Manuel Bueno, mártir, donde la metáfora de la nieve cayendo
sobre el lago ilustra su postura en favor de la fe —la montaña sobre la cual
la nieve crea formas, paisajes, frente al lago, donde ésta se disuelve y se
transforma en nada—.
Para él la muerte es algo definitivo, la vida acaba. Sin embargo, pensaba
que la creencia de que nuestra mente sobrevive a la muerte es necesaria para
poder vivir. Es considerado uno de los predecesores de la escuela
existencialista que, varias décadas después, encontraría su auge en el
pensamiento europeo. Así estudió
danés para leer directamente a Kierkegaard (1813-1855), a quien en sus
obras solía llamar, en su peculiar y cordial estilo: hermano.
La preocupación por España se manifestó en los ensayos recogidos en sus
obras:
-
En torno al casticismo (1895).
-
Vida de Don Quijote y Sancho (1905).
-
Por tierras de Portugal y España (1911).
Durante la guerra y a partir de agosto de 1936, Unamuno comenzó a tomar
apuntes para un libro que no llegaría a escribir y en el que plasma su
testamento político: El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la
revolución y la guerra civil españolas.
Sus obras más puramente filosóficas son
Poesía
Para
Unamuno el arte era un medio de expresar las inquietudes del
espíritu. Por ello, en la poesía y en la novela trata los mismos temas que
había desarrollado en los ensayos: su angustia espiritual y el dolor que
provoca el silencio de Dios, el tiempo y la muerte.
Siempre se sintió atraído por los metros tradicionales y, si bien en sus
primeras composiciones procura eliminar la rima, más tarde recurre a ella.
Entre sus obras poéticas destacan: Poesías (1907), Rosario de
sonetos líricos (1911),
El Cristo de Velázquez (1920),
Andanzas y visiones españolas (1922),
Rimas de dentro (1923),
Teresa. Rimas de un poeta desconocido (1924),
De Fuerteventura a
París (1925), Romancero del destierro (1928) y Cancionero
(1953).
Ya desde su primer libro, Poesías (1907), se perfilan los temas
que van a dominar en la poética unamuniana: el conflicto religioso, la
patria y la vida doméstica.
Dedicó a la
ciudad estas bellas palabras: Salamanca, Salamanca,
renaciente maravilla, académica palanca de mi visión de Castilla.
Tosco y prosista, nunca se le ha reconocido por versos armoniosos y
trabajados, sino por estrofas breves, castellanas y muy personales: en
palabras de Ramón Irigoyen, prologuista de Niebla en la edición de
El Mundo, Unamuno siempre fue un eyaculador precoz del verso, haciendo referencia a
su escaso detenimiento en la revisión de sus poemas conclusos, en
comparación con otros poetas de la época tales como
Machado o Juan Ramón
Jiménez.
Teatro
La obra dramática de Unamuno presenta su línea filosófica habitual; de
ahí que obtuviera un éxito más bien escaso. Temas como la indagación de la
espiritualidad individual, la fe como «mentira vital» y el problema de la
doble personalidad son tratados en La esfinge
(1898), La venda
(1899) y El otro (1932). Actualiza la tragedia euripídea en Fedra
(1918) y traduce la Medea (1933) de Séneca.
El teatro unamuniano tiene las siguientes características:
-
Es esquemático, está despojado de todo artificio y en él sólo tienen
cabida los conflictos y pasiones que afectan a los personajes. Esta
austeridad es influjo de la tragedia griega clásica.
-
Si los personajes y los conflictos aparecen desnudos, la escenografía
también se ve despojada de todo artificio. Es una escenografía,
simplificada al máximo.
-
Lo que realmente le importa es presentar el drama que transcurre en el
interior de los personajes y, sin duda, de su interior.
Con la simbolización de las pasiones y la austeridad tanto de la palabra
como escenográfica, el teatro unamuniano entronca con las experiencias
dramáticas europeas y abre un camino a la renovación teatral española, que
será seguido por
Ramón Valle-Inclán,
Azorín y,
más tarde,
Federico García Lorca.
Bibliografía
-
Emilio Salcedo: Vida de don Miguel, Editorial Anaya, Salamanca,
1964: Con importantes aportaciones de testigos presenciales de los hechos.
-
Julián Marías: Miguel de Unamuno, Espasa Calpe, Madrid 1943,
220 págs. Recogido, posteriormente, en Obras, Editorial Revista de
Occidente, Madrid, 1960. Vol. V
-
Jesús Blázquez: "Miguel de Unamuno y Bernardo G. de Candamo: Amistad y
Epistolario (1899-1936)". Madrid: Ediciones 98, 2007
-
Laín Entralgo, Pedro (1988), Cajal, Unamuno, Marañón. Tres
españoles, Círculo de Lectores.
ISBN 978-84-226-2474-5.
Referencias
-
↑
a
b
c
d
e Fernando
García de Cortázar, «Los mitos de la Historia de España», capítulo «La
tercera España», pg. 294-295,
ISBN 84-08-05714-6.
-
↑
a
b Paul Preston,
«Franco», capítulo 7
«La forja de un Caudillo: agosto-noviembre de 1936», pg. 242-243,
ISBN 84-397-0241-8.
-
↑ Paul Preston, «Las tres Españas del 36», capítulo 2
«José Millán Astray. El novio de la muerte», pg. 91-92,
ISBN 84-01-54068-2.
-
↑
Unamuno continúa siendo "celestina" y "antipatriota". El PP rechaza dejar
sin efecto el acuerdo municipal que expulsó al escritor de su escaño de
concejal en Salamanca, reportaje del diario
El País, 29 de diciembre de 2006
-
↑
Un documento excepcional: el manifiesto de Unamuno a finales de
octubre-principios de noviembre de 1936, por Manuel María Urrutia, de
la
Universidad de Deusto.
Enlaces externos
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